—Señorita Márquez, llega justo a tiempo. Cecilia dice que La Belle Cuisine es suyo, pero está mintiendo, ¿verdad?
Miranda lanzó una mirada a Margarita.
Esa chica no era cliente habitual, pero Daniela y Tobías sí lo eran.
Esos dos no solo venían a menudo, sino que el señor Peralta y el señor Villegas también solían organizar banquetes allí.
Por eso, ella estaba más familiarizada con ellos.
Margarita solo había ido un par de veces invitada por Daniela.
—Ella es la dueña de La Belle Cuisine, ¿hay algún problema? —A Miranda no le caía muy bien esa muchacha.
Cada vez que venía, miraba a todos por encima del hombro.
La Belle Cuisine no era como otros lugares.
A ella no le faltaban clientes y mucho menos necesitaba rogarle a nadie.
—¿Qué? —Margarita sintió como si le hubieran echado un balde de agua fría, e incluso dudó de sus propios oídos.
¿Cecilia era realmente la dueña de este lugar?
¿Quién le dio esta propiedad? ¿Lo sabían los Ortiz?
¿Sería que engañó a los ancianos de la familia Ortiz y se la dieron a escondidas?
—Esta es la casona que la abuela biológica de Cecilia trajo como dote. Que se la haya dejado a Cecilia, su única nieta, es lo más natural del mundo, ¿no?
La familia de Delfina acababa de llegar, y con ellos venía Ramiro.
Wilfredo Gallegos también era cliente habitual; al enterarse de la inauguración de La Belle Cuisine, se las había arreglado para reservar una mesa.
Wilfredo y Arturo tenían otro propósito: querían hablar sobre el desarrollo de la zona oeste de la ciudad.
El capital de ambas familias no era suficiente, así que si lograban encontrar un tercer socio, sería ideal.
Ambas familias habían llegado un poco tarde y, nada más entrar, escucharon a Miranda proclamar en voz alta que La Belle Cuisine era la herencia de la abuela de Cecilia.
Todos se quedaron de piedra con una expresión de incredulidad en el rostro.
—Arturo, la abuela biológica de Cecilia... ¿no era una mujer de campo?
Wilfredo jamás imaginó que la "casita del pueblo" de la que hablaban fuera La Belle Cuisine, ese hueso duro de roer que nadie había podido comprar.
Arturo hizo una mueca:
—Esa vieja sí que era astuta, quién sabe si esto es verdad o no —comentó Ivana, que estaba que echaba chispas.
Su propia hija no sabía nada, mientras que Cecilia, a los pocos días de volver, ya tenía en sus manos semejante propiedad.
Aunque la zona oeste era un barrio antiguo, el éxito de La Belle Cuisine estaba a la vista de todos.
Esa casona no era nada barata. La vieja había estado dispuesta a dársela a Cecilia, pero se lo había ocultado a Delfi como si se protegiera de un ladrón.
Sentía una profunda injusticia por su hija.
Héctor y Ramiro tampoco daban crédito.
Al ver a la radiante Cecilia y luego mirar a Delfina, les pareció que esta última se veía un poco deslucida.
Ramiro sintió cierto arrepentimiento. ¿Se había precipitado al romper el compromiso?
Héctor tenía un sabor aún más amargo en la boca.
Había estado esperando a que Cecilia viniera a rogarle perdón, ¿y lo que recibía era esto?
¡Ella, sin decir una palabra, era dueña de una propiedad que valía más de diez millones!
No, si en el futuro esa propiedad se vendiera para demolición o desarrollo, ¡podría valer mucho más de diez millones, tal vez incluso cien millones!

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