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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 566

Ferlín siempre había querido establecer una colaboración a largo plazo con la familia Zamora. En el mundo de los negocios, los intereses cambian en un instante, y la mejor manera de asegurarlos era mediante uniones familiares.

Entre los presentes, además de Enzo y Ben, solo Lluvia comprendía el peso de un matrimonio arreglado. Con preocupación, miró a Celia y apretó las manos bajo la mesa. Lamentablemente, su posición actual era débil y cualquier cosa que dijera sería inútil.

Celia mantuvo la calma y respondió con serenidad:

—El señor Mendoza consiguió un proyecto de colaboración importante para nuestro laboratorio. Le estoy agradecida, por lo que es natural que tengamos más contacto profesional.

Al escuchar esto, un destello de satisfacción brilló en los ojos de Ferlín, quien simplemente añadió:

—Comamos.

Todos retomaron la cena, excepto Enzo. Él dejó su copa de vino con brusquedad sobre la mesa, provocando que los demás lo miraran.

—Enzo, ¿qué te pasa? —preguntó Flora.

Enzo le respondió, impasible:

—Nada, se me resbaló de la mano.

Tras la cena, cuando Enzo salió al patio de la casona, su cara aún mostraba una evidente turbación. —Papá. —Celia lo alcanzó y caminó a su lado—. ¿Estás enojado conmigo?

Él se detuvo en seco.

—¿Cuándo he estado enojado contigo?

—¿Entonces es con el abuelo?

Enzo guardó silencio y desvió la mirada. Celia sonrió levemente antes de continuar:

—El abuelo solo considera los intereses de la familia. Lo entiendo. Para él, la continuidad y el desarrollo de la familia siempre será lo más importante. Temes que salga perjudicada, pero si te enfrentas a él directamente, temes ser criticado por falta de respeto. Así que solo puedes contener tu enfado.

Ben guardó silencio. Simón miró hacia otro lado y añadió:

—¿Planean aliarse con Miguel?

La mirada de Ben se oscureció. Pasó junto a él y dejó una frase con frialdad.

—No nos rebajamos a aliarnos con nadie.

***

Al llegar a casa, Celia se bañó. Salió de la habitación secándose el cabello húmedo y revisó su celular. Vio un mensaje que César había enviado hacía unos minutos. Sorprendida, se acercó a la ventana y, desde su habitación, pudo distinguir un auto estacionado cerca de la pendiente, fuera del jardín. Era este tipo…

Se mordió el labio, tomó una chaqueta y salió de su habitación. Bajó las escaleras con sigilo y cruzó el patio de la casona. César había aparcado el auto junto al muro con las luces apagadas. Recostado en el asiento del conductor, sostenía un cigarrillo sin encender entre los dedos. Su mirada profunda se posó en la silueta que se le acercaba.

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