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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 681

A la mañana siguiente, Celia y Tomás llegaron a la casa de Anita. Antes de llamar a la puerta, Tomás intentó ponerse delante de ella para protegerla.

—Señora, mejor deje que me encargue de esto. La madre de esa muchacha es una mujer sumamente agresiva.

—No sabemos si su madre sabe la verdad o no, pero, al menos, lo hizo por su hija. No te preocupes.

Dicho esto, Celia tocó a la puerta. Poco después, una anciana de cabello canoso la abrió. Al encontrarse con dos desconocidos en el umbral, se sorprendió.

—¿Y ustedes…?

—Disculpe, ¿Anita vive aquí?

La anciana los invitó a pasar y se dirigió hacia una de las habitaciones, golpeando la madera.

—Nena, sal de la habitación. Te buscan.

Tras dar el aviso, regresó sonriente a la pequeña sala y los atendió con gran entusiasmo.

—Siéntense donde gusten. Tomen un poco de té negro. Lo preparé esta mañana.

Al verla servirles dos tazas de té con tanto agrado, Celia le agradeció:

—Muchas gracias, señora. No se preocupe. Podemos hacerlo nosotros mismos.

—No es ninguna molestia. Total, son los invitados —respondió la anciana, agitando la mano, restándole importancia. Al notar que Anita aún no salía, volvió a levantar la voz hacia la habitación—: ¡Nena, apúrate!

A los pocos segundos, Anita apareció en su pijama mientras caminaba con pereza hasta la sala. Se notaba que aún no se había despertado del todo. Sin embargo, al fijar la vista en Celia, espabiló por completo al instante. Celia le sonrió, calmada.

—Hola. Creo que ya nos conocemos.

Anita desvió su mirada y se mordió el labio, guardando silencio.

—Nena, ¿son amigos tuyos? Tienes que atenderlos bien —le dijo la abuela mientras se acomodaba en su asiento para conversar con los invitados—. Anita ha sido muy rebelde desde pequeña. Ya ven, dejó los estudios siendo muy joven. Se fue a trabajar un año, pero no consiguió nada. No duerme en la noche por quedarse jugando a la consola hasta el amanecer, y luego se la pasa durmiendo de día. Es un verdadero dolor de cabeza.

—¿Quién es Julián? No tengo idea de quién me habla. —Anita volvió la cara hacia un lado, pero sus manos sobre sus piernas se retorcían con evidente nerviosismo.

Celia miró de reojo a Tomás, quien de inmediato reprodujo la grabación en su celular. En el instante en que Anita escuchó la confesión de Julián, el pánico se apoderó de ella.

—Anita, eres una muchacha muy joven y tu abuela te quiere con el alma. ¿Eres consciente de que esto no solo afectará tu futuro, sino también su vida? ¿De verdad quieres que se entere de lo que hiciste?

—¿Se lo vas a contar a mi abuela? —preguntó Anita, pálida.

—No te preocupes. No lo haré. —Celia bajó la mirada—. Pero no puedo garantizarte que otros no vayan a hacerlo.

Anita se quedó pensativa durante un buen rato. Tras un largo y tenso silencio, cedió y comenzó a hablar:

—Conocí a Julián por un juego en línea. Solo éramos amigos virtuales…

Explicó que llevaban un año tratándose a través de la plataforma. A pesar de saber que vivían en la misma ciudad, jamás habían acordado una cita en persona. Julián era unos años mayor que ella y se dedicaba a la informática. Ella estaba al tanto de esos detalles. También sabía perfectamente que él estaba enamorado en secreto de una compañera de su oficina llamada Silvia García.

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