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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 588

Porque solo si la abuela moría, David podría obtener el control legítimamente… Celia recobró el sentido.

—Sé lo que quiere decir. Le preocupa que, después de nuestro compromiso, las disputas internas de los Rojas involucren a César, ¿cierto?

Marta no dijo nada, pero su silencio era una confirmación.

—No se preocupe. Los asuntos internos de los Rojas, los resolveremos nosotros. Además, en mi familia todavía está mi hermano, Ben.

Marta levantó su taza de té.

—En cuanto a lo ocurrido en Rivale… perdí la cabeza. Te pido disculpas, Celia.

Celia se sorprendió. También levantó su taza y la hizo chocar suavemente con la de ella.

—Acepto sus disculpas.

Marta bebió un sorbo.

—Lo pasado, pasado está. Si tienes tiempo, vuelve a la capital a ver a la abuela.

La expresión de Celia se tornó un poco incómoda.

—Pero César y yo ya…

—¿Ya qué? —Marta arrugó el entrecejo—. ¿Divorciados? ¿Acaso él no te lo dijo?

Celia no entendía a qué se refería.

—¿Decirme qué?

—Su acuerdo de divorcio nunca completó todos los trámites legales. Ante la ley, todavía son pareja.

***

Cuando Celia regresó a Colina Serena, eran las ocho y medio de la noche. Al bajar del auto, levantó la vista y vio a César esperándola. Estaba apoyado en la puerta de su propio auto, y la luz de la farola proyectaba una tenue sombra sobre su perfil definido. Ella se le acercó. César se enderezó, con la mirada fija en su cara, que mostraba una expresión un tanto sombría. Él arrugó el entrecejo.

—¿Mi madre te ha molestado?

—No.

Él hizo una pausa y, de repente, sonrió.

—El padre de Yael me reconoció como hijo adoptivo. Aparte del nombre, esta identidad no es completamente falsa, ¿no crees?

Ella se quedó sin palabras ante su lógica.

—¿Alguna otra duda?

Él acercó su apuesta cara a la de ella. Su aroma la envolvió por completo. Celia bajó la vista instintivamente. A los ojos de César, ella parecía tímida y encantadora, con un dejo de dulzura irresistible. Sus yemas, ligeramente ásperas, acariciaron su barbilla y luego rozaron la línea temblorosa de sus labios. Su voz se volvió ronca, como una pluma acariciando su corazón.

—Tranquila. Todos los problemas que te preocupen los resolveré uno por uno.

Bajó la cabeza. Sus labios estaban a punto de sellar los de ella cuando, de repente, una tos seca procedente de detrás los sobresaltó. Ambos se separaron como si les hubiera dado una descarga eléctrica. Celia, completamente sonrojada, balbuceó:

—Papá… ¿qué haces aquí?

Enzo fulminó con la mirada a César. ¡Si llegaba a aparecer un segundo más tarde, su hija habría sido "devorada" por este tipo allí mismo!

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