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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 636

Por la tarde, el auto de César ya esperaba frente a la entrada principal del instituto con mucha anticipación. Envió un mensaje de texto, guardó el celular y dirigió la mirada a través de la ventanilla. Aún no aparecía Celia, pero sí divisó a Nicolás.

Estaba a punto de bajar cuando vio a una joven alcanzar a Nicolás con animación. Al fijarse bien, César entrecerró los ojos. Parecía que le tocaba presenciar los enredos amorosos de su propio familiar...

—Señor, ella es la señorita Lía, ¿no? —preguntó el chofer, volviéndose hacia atrás.

César retiró la mirada y, con cierta resignación, se frotó el puente de la nariz. Él había enviado a Lía a Ficus para que estorbara entre Nicolás y Celia, pero nunca imaginó que la misión terminaría con ella buscando pareja...

Lía no se había percatado de la presencia de César. Estaba demasiado concentrada en su charla con Nicolás, hasta que este se detuvo y clavó la vista al frente. Curiosa, ella también se volvió.

César bajó del vehículo sin ninguna prisa. Lía, tras unos segundos de estupor, iba a fingir que no lo veía, pero Nicolás habló primero:

—Esta vez, ya no se esconde tras una máscara.

César sonrió con parsimonia.

—Dado que mi identidad ya es de dominio público, no tiene sentido seguir ocultándola.

—Fingió su muerte para engañar a todos y luego se refugió en Ficus como hijo adoptivo de los Zamora. Visto ahora, fue un plan perfecto —comentó Nicolás.

—Vaya, ¿escuché los elogios del señor Gómez?

Ambos se enfrentaron, sus presencias eran igualmente imponentes. El aire a su alrededor parecía espesarse debido a una tensión silenciosa. Lía, atrapada en medio, miraba a uno y al otro sin saber a quién intentar calmar primero.

Cuando Celia salió, se topó de frente con la escena. Se quedó desconcertada por un instante y luego miró a Lía. Esta, al verla, sintió que encontraba un salvavidas y le gritó:

—¡Celi!

Corrió hacia ella, se refugió a su lado y le susurró:

—Haz algo con César...

Celia, resignada, se acercó a los dos hombres.

—Por cómo se miran, parece que están a punto de agarrarse a golpes.

César sonrió y, con una expresión mucho más suave, le respondió:

—Claro que no. Soy un ciudadano ejemplar.

Lía estaba furiosa, y se le notaba en cada gesto. César, sin inmutarse, habló:

—Con el derecho de ser tu primo y el que paga tus gastos.

—¡Bien! —Lía apretó los dientes y declaró con solemnidad—: A partir de hoy, no te pediré ni un centavo más. ¡Me ganaré la vida yo sola!

—Ojalá lo logres.

Sintiéndose menospreciada, Lía montó en cólera, dio media vuelta y se marchó a paso firme. Celia hizo el ademán de detenerla, pero César la sujetó del brazo.

—Déjala.

Ella se volvió hacia él, sin entenderlo.

—¿Por qué la provocas así? ¿No te da miedo que cometa una locura o que le pase algo?

César esbozó una leve sonrisa en la comisura de los labios y respondió con rotundidad:

—No le pasará nada.

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