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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 660

—Firmen aquí, por favor —dijo el funcionario, deslizando el acuerdo de divorcio sobre la mesa—. Para que el proceso sea definitivo, existe un período de treinta días. Durante ese tiempo, cualquiera de las partes puede retirar la solicitud de forma unilateral.

Celia tomó el bolígrafo, estampó su firma y deslizó el documento hacia César. Él se quedó mirando el papel en silencio durante un largo rato antes de firmar. En cuanto ella vio su nombre escrito, se levantó y se dispuso a irse sin mirar atrás. Sin embargo, él la detuvo justo antes de cruzar la puerta.

—Celia.

Ella se detuvo y se giró. Su expresión era neutra, ocultando cualquier rastro de debilidad.

—¿Te vas a arrepentir? —preguntó ella.

César la contempló durante un instante eterno. Entonces, en su cara asomó una leve y triste sonrisa.

—Solo quiero que seas feliz, que vivas sin preocupaciones... aunque yo no esté a tu lado.

A Celia se le cortó la respiración. Apartó la mirada por instinto para que él no viera cómo se le humedecían los ojos.

—Lo seré.

Sin volver la cabeza, subió al auto que la esperaba. En cuanto la puerta se cerró, se dejó caer en el asiento y echó la cabeza hacia atrás, tratando de frenar las lágrimas. Pero al ver por la ventanilla a César, todavía inmóvil bajo el frío, las lágrimas rodaron sin parar, arrastrando consigo toda su entereza.

No era desesperación, ni rencor. Era un dolor mucho más profundo que el que sintió la primera vez que se divorciaron.

En ese momento, alguien entre la multitud lanzó una botella. Nicole intentó reaccionar, pero fue demasiado tarde. La botella impactó y esparció sangre de perro sobre César, empapándolo. Sobre su abrigo oscuro se extendió una mancha de un rojo viscoso.

Varias gotas de sangre le salpicaron la cara y algunas le entraron en los ojos. El caos fue total. Los flashes se intensificaron y el estrépito de las cámaras se multiplicó. Nicole, pálida de horror, quiso limpiarlo de inmediato, pero se contuvo para encarar a los guardias.

—¡Deténganlo! ¡Rápido! —ordenó con la voz alterada.

La seguridad redujo al agresor en segundos. César se limpió la mandíbula con el pulgar, manchándose el dedo de rojo. Bajó la mirada hacia su abrigo manchado. En su bolsillo, sus nudillos se pusieron blancos de tanto apretar la caja del anillo. Su cara, sin embargo, permaneció impasible. Solo un suave movimiento en su garganta reveló que estaba conteniendo una rabia volcánica.

Tomó el pañuelo que Nicole le tendió y se limpió la cara con indiferencia. Luego, con paso firme, continuó hacia el edificio sin alterar el ritmo de sus zancadas. El ambiente a su alrededor se volvió tan intenso que los periodistas, que antes gritaban, enmudecieron y le abrieron paso por puro instinto.

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