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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 703

El día comenzaba a oscurecer. Macarena aguardó en el comedor durante un largo rato, pero Rocío seguía sin bajar a cenar. Perdiendo la paciencia, le ordenó al mayordomo que subiera a buscarla. El empleado vaciló un instante, permaneció en su sitio, muy quieto.

—¿No me escuchaste? ¡Ve a llamarla! —lo reprendió Macarena, levantando la cabeza para darle una mirada severa.

El mayordomo le explicó:

—Señora… cuando la señorita regresó por la tarde, no parecía encontrarse nada bien.

Macarena asumió que no se trataba más que de un simple berrinche. Estaba enterada de que Alfredo la había dejado plantada a mitad de la prueba del vestido de novia.

—¿Se enfadó por semejante minucia? —Criticó con disgusto.

—¡Ah…!

De pronto, un desgarrador alarido proveniente de la planta alta interrumpió el silencio de la casa. Macarena, alarmada por la intensidad del grito, soltó el tenedor sobre la mesa y subió las escaleras a toda prisa.

—¡No te me acerques! ¡Te juro que no lo hice a propósito! ¡No, no!

—¡Rocío!

Macarena abrió la puerta de golpe. Rocío se encontraba envuelta en una manta pesada, pálida y con los ojos completamente rojos, luciendo exactamente como si acabara de despertar de la peor de sus pesadillas. Su mirada reflejaba un pozo profundo de terror y angustia descontrolada.

—Señorita, ¿qué le ocurre? —El mayordomo intentó dar un paso al frente para ayudarla, pero Rocío se cubrió la cabeza con los brazos de inmediato y chilló con desesperación.

—¡No te me acerques! ¡Ya te dije que no fue mi culpa, jamás quise matarte!

Al escuchar con atención sus palabras, la cara de Macarena se ensombreció. Se aproximó a la cama y la sujetó con firmeza por los hombros.

—¡Rocío, reacciona, soy yo! ¡Soy tu mamá!

—No te acerques… por favor… no…

La mente de Rocío se encontraba secuestrada por la tétrica imagen de Alicia desangrándose en el suelo del departamento. Era incapaz de recuperar la calma y temblaba violentamente, fuera de control. Macarena la estrechó entre sus brazos con fuerza y comenzó a consolarla con suavidad.

—Rocío, ya no temas, mi amor. Estoy aquí contigo. Te prometo que nadie va a ser capaz de hacerte daño.

Al mismo tiempo, le hizo una sutil seña con la mano al mayordomo para indicarle que se retirara y cerrara la puerta.

Una vez que se quedaron solas, Macarena continuó acariciándole el cabello con suavidad. Cuando Rocío comenzaba a estabilizarse y finalmente logró reconocer a su mamá, articuló con un hilo de voz temblorosa:

—¡Habla! —respondió Macarena, con un tono de voz que denotaba lo irritable que se encontraba por lo de Rocío. Ahora ya no tenía ni la más mínima paciencia.

—El señor Suárez se encuentra aquí. Solicita hablar con la señorita.

—¡No quiero verlo! ¡No bajo ninguna circunstancia!

Rocío se cubrió los oídos con desesperación y volvió a acurrucarse en un rincón de la cama. Tenía la certeza de que él ya estaba enterado de lo sucedido con Alicia.

Macarena, sin importarle los modales ni el protocolo del compromiso, le ordenó al mayordomo que lo despidiera de inmediato. No obstante, justo cuando este último se disponía a dar la vuelta para cumplir la orden, ella lo detuvo de nuevo.

—Espera.

Se alisó un poco el chal de seda que llevaba sobre los hombros, mientras intentaba reprimir la profunda ansiedad. Al calmarse, ordenó con una voz gélida:

—Invítalo a la sala de estar. Infórmale que Rocío se encuentra enferma y que está descansando, por lo que le es imposible recibirlo hoy.

Hizo una breve pausa, clavándose las uñas en las palmas de las manos antes de añadir:

—Ve a atenderlo personalmente. Ten cuidado de no emitir una sola palabra que no debas. Si te interroga sobre cualquier asunto particular, responde que no tienes el menor conocimiento al respecto. Encárgate de tantear el terreno para descubrir qué es lo que sabe por ahora.

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