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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 704

Tras recibir la orden, el mayordomo salió de la residencia para recibir a Alfredo. Se plantó al lado de la ventanilla del auto de Alfredo y le respondió con respeto:

—Señor Suárez, la señorita hoy no se encuentra bien de salud. Acaba de tomar su medicamento y ya se fue a descansar. Por el momento no puede recibirlo. ¿Le molestaría pasar a la sala de estar a esperar un momento?

Alfredo, con el semblante sombrío, ni siquiera miró al mayordomo. Su tono de voz destilaba un profundo sarcasmo.

—Vaya, qué coincidencia. Con todo el revuelo de hoy, ¿ella se encuentra enferma en este preciso momento?

El mayordomo no se atrevió a emitir réplica alguna ante el comentario. Se limitó a mantener una sonrisa cortés.

—Señor, disculpe, no tengo forma de saberlo.

Alfredo sonrió con desprecio.

—Entonces, dime, ¿será capaz de asistir a nuestra fiesta de compromiso? —preguntó con una expresión siniestra.

—Claro —respondió el mayordomo con rotundidad.

Alfredo subió la ventanilla del auto mientras soltaba una última frase:

—Más le vale que sea así.

En cuanto el cristal se cerró, la falsa sonrisa que fingía se desvaneció. En el interior del auto quedó un silencio sepulcral.

El chofer lo observó a través del espejo retrovisor antes de preguntar con cautela:

—Señor, ¿y qué haremos con lo de Alicia?

—Esa infeliz de Rocío tuvo la maldita osadía de meterse conmigo… El mismo día del compromiso, ajustaré algunas cuentas pendientes con los Herrera. —Alfredo cerró los ojos, rechinando los dientes por la furia.

Él había mantenido a Alicia bajo su control por una razón específica. O, para ser más exactos, por un objetivo personal. La muerte de Alicia no le causó ningún dolor, pero sí le daba lástima. Era la misma sensación de frustración. Le había costado mucho encontrar a una mascota que le agradaba, a la cual estaba a punto de domesticar para hacerla suya, sin embargo, Rocío la mató antes de que pudiera apropiarse de ella…

Por eso, en cuanto sus hombres le informaron que Rocío se había presentado en el departamento de Alicia, su primera reacción había sido ir a confrontarla para interrogarla.

Haciendo un esfuerzo por contener su ira, añadió:

—Dale una buena cantidad de dinero a su padre para que la entierre con el decoro que se merece.

***

—Señora, aunque tengamos la certeza de que la muerte de Alicia tiene que ver con Rocío, Alfredo pronto se comprometerá con ella. Lo más probable es que ya hayan destruido las pruebas comprometedoras. No tenemos las herramientas legales para hacer nada en su contra.

Tomás se encogió de hombros con impotencia.

—Sin evidencias físicas de por medio, y contando con el veredicto oficial de suicidio emitido por las autoridades, si todos los implicados declaran la misma versión de los hechos, ¿quién demonios va a descubrir lo que verdaderamente pasó dentro de ese cuarto?

De pronto, un auto desconocido se detuvo justo frente a la puerta principal de la propiedad. Tomás y Celia intercambiaron una mirada y salieron a ver de quién se trataba. Poco después, un hombre se bajó del auto y, en cuanto los divisó, saludó a Celia con una respetuosa inclinación de cabeza.

—Señorita Rojas, buenas tardes.

Celia lo miró con evidente extrañeza.

—¿Se puede saber quién es usted?

—El señor Suárez me ha enviado a darle la carta de invitación —explicó el mensajero con mucho respeto, mientras le tendía una elegante tarjeta.

Celia no tenía la intención de recibirla. Estaba a punto de rechazar cuando el hombre se le adelantó, añadiendo con seriedad:

—El señor Suárez desea que asista al evento. Si no está dispuesta a hacerlo por consideración a él, le suplica que lo haga al menos por la señorita Alicia.

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