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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 711

—¿Y qué? —respondió él, despreocupado—. Si mañana los periódicos publican que soy un romántico empedernido que no puede vivir sin su exmujer, lo aceptaré con gusto.

Ella murmuró entre dientes:

—Sinvergüenza.

Tomás y el chofer de César esperaban de pie delante de los dos autos. No sabían con exactitud qué había ocurrido en el salón, pero podían intuirlo. La llegada de la ambulancia, la abrupta dispersión de los invitados y la salida apresurada de Rocío y Macarena por la puerta trasera indicaban que algo grave había pasado.

Al ver a César y Celia salir de la mano, Tomás consideró que lo mejor era no interrumpir el momento. Sin emitir palabra, se adelantó hacia el auto de César y abrió la puerta trasera. El chofer se sintió desconcertado por unos segundos ante la iniciativa. Al notar el gesto, Celia exclamó:

—¿Qué puerta estás abriendo?

—Muy atento, muchacho. Buen trabajo. —César la interrumpió, dedicándole una mirada de aprobación a Tomás. Luego, rodeó los hombros de Celia con el brazo—. Es mi empleado, hay que comprenderlo.

Ella lo miró arrugando el entrecejo, indignada, y prefirió ignorar sus comentarios. Él sonrió con ternura y la ayudó a subir al auto. En cuanto se sentó, Celia bajó el reposabrazos central del asiento trasero para marcar distancia.

—Es una línea divisoria. No la cruces.

César apoyó el brazo en la división y se inclinó hacia ella.

—¿Y qué pasa si la cruzo?

Estaba demasiado cerca. Bajo la escasa luz, alcanzaba a ver los poros de su piel y las sutiles marcas del injerto. Sin embargo, sus facciones eran tan perfectas que, con los años, esos detalles le daban un aire más maduro y atractivo. Celia se le quedó mirando, distraída por un instante, y olvidó responder.

—Señor Herrera, ¿regresamos a la residencia? —preguntó de repente el chofer.

Ella se apartó de inmediato, recuperando la compostura y sentándose muy recta. César retiró la mirada y ordenó:

—Al hospital.

***

Macarena caminaba de un lado a otro por el pasillo del hospital, con los ojos enrojecidos por la tensión. Rocío permanecía sentada en una silla, en un silencio absoluto. Después del escándalo en la fiesta de compromiso, parecía ausente, ajena a los intentos de una empleada por calmarla. En cuanto el médico salió de la sala de urgencias, Macarena se le acercó, corriendo.

—Doctor, ¿cómo se encuentra mi esposo?

—Usted es su esposa, ¿cierto? Necesito que firme el consentimiento para proceder con una cirugía de urgencia.

—¿Qué haces?

César, con tranquilidad, sacó su propio bolígrafo y firmó el papel.

—Ya que no muestras intenciones de firmar, me haré cargo de esto.

Le entregó el consentimiento firmado al doctor Serreno.

—Hagan todo lo posible por salvarlo. Asumiré cualquier responsabilidad legal por el riesgo.

—De acuerdo, señor Herrera.

El doctor ingresó a toda prisa a la sala de urgencias para iniciar el traslado. Macarena temblaba de pura rabia. Le había faltado muy poco, ¡un solo segundo para asegurar su silencio!

—¡César! —gritó, perdiendo los estribos—. ¿Tienes idea del peligro que corre en esa cirugía? ¿Quieres hacerlo sufrir en vano?

Aparentaba una profunda preocupación por la salud de David, pero sus ojos delataban un resentimiento que no podía ocultar.

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