A la mañana siguiente, Patricio despertó.
Para ese momento, ya había bastante gente en la habitación del hospital.
—Liliana, Liliana… —murmuró Patricio.
Liliana, que estaba sentada en el sofá, se acercó a la cama al escuchar su voz.
—Patricio, ¿quieres agua? —preguntó con voz suave.
Su tono era muy gentil, pero por alguna razón, a Claudia le pareció que algo no cuadraba. Patricio negó con la cabeza. Su mirada recorrió a los demás presentes en la habitación: Emilio, Gabriela, Claudia y Luis.
—¿Qué hacen… todos ustedes aquí? —La voz de Patricio se tornó fría.
No hablaba como si se dirigiera a sus hijos, sino a extraños.
Gabriela respondió sin rodeos:
—La señora Mendoza nos avisó. Dijo que tal vez esta sería la última vez que te veríamos. Ya que estás bien, nos vamos.
Gabriela tampoco se andaba con cortesías. Para ella, ese padre era prescindible. De todos modos, nunca había cumplido con su responsabilidad como padre desde que eran niños.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
—Todavía no hemos arreglado las cuentas, ¿a dónde creen que van?
Todos voltearon hacia la puerta. Era Mariana. Detrás de ella venían varios hombres de traje.
Al ver a Mariana, el rostro pálido de Patricio pareció perder aún más color.
—¿A qué has venido?

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