En ese momento, una figura apareció también frente a la lápida. Era Liliana.
Mariana, al verla, sintió que la ira aún no se le pasaba:
—¿Quién te dio permiso de venir?
—Solo vine a despedirme —dijo Liliana—. Después de esto, no volveré.
Mariana se levantó y miró a Liliana. Vestía completamente de negro y se veía tan sencilla como siempre. El tono de Mariana destilaba sarcasmo:
—Viniste a presumirme, ¿verdad? A presumir que Patricio pensó en ti hasta el momento de su muerte, a presumir que ahora eres millonaria, a presumir que nunca podré tocarte y que no puedo hacer nada contra ti. ¿Es eso?
Liliana respondió con voz tranquila:
—En todos estos años, ¿cuándo he presumido algo frente a ti?
Era cierto. En todos esos años, Liliana nunca le había dicho una sola palabra arrogante. Siempre permanecía en silencio, como una sombra. Pero era precisamente esa sombra la que Mariana no podía quitarse de encima.
Mariana soltó una risa seca.
—Cierto, no tienes nada que presumir. Tu hijo está acabado, se pasará media vida en la cárcel. De qué te sirvió ganarte el amor de Patricio si tu final es igual de miserable.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce