En ese momento, una figura apareció también frente a la lápida. Era Liliana.
Mariana, al verla, sintió que la ira aún no se le pasaba:
—¿Quién te dio permiso de venir?
—Solo vine a despedirme —dijo Liliana—. Después de esto, no volveré.
Mariana se levantó y miró a Liliana. Vestía completamente de negro y se veía tan sencilla como siempre. El tono de Mariana destilaba sarcasmo:
—Viniste a presumirme, ¿verdad? A presumir que Patricio pensó en ti hasta el momento de su muerte, a presumir que ahora eres millonaria, a presumir que nunca podré tocarte y que no puedo hacer nada contra ti. ¿Es eso?
Liliana respondió con voz tranquila:
—En todos estos años, ¿cuándo he presumido algo frente a ti?
Era cierto. En todos esos años, Liliana nunca le había dicho una sola palabra arrogante. Siempre permanecía en silencio, como una sombra. Pero era precisamente esa sombra la que Mariana no podía quitarse de encima.
Mariana soltó una risa seca.
—Cierto, no tienes nada que presumir. Tu hijo está acabado, se pasará media vida en la cárcel. De qué te sirvió ganarte el amor de Patricio si tu final es igual de miserable.
—Desde niño le encantaba molestarme y hacerme bromas pesadas. Hizo que su familia me enviara al mismo colegio exclusivo que él, tratándome como su esclava personal. No permitía que me rebelara; tenía que obedecerlo en todo o soportar su temperamento volátil. En ese tiempo, yo estudiaba mucho, era una alumna de excelencia, solo quería escapar de los Salazar, irme lejos de él.
—Pero un día, de la nada, se me declaró. Dijo que le gustaba, que siempre le había gustado. Me quedé helada. Lo rechacé, pero él aprovechó una borrachera para forzarme.
—Toda la familia Salazar pensó que yo era una trepadora ambiciosa, que había seducido al joven señor de la casa. Hicieron todo lo posible para echarme. En ese entonces, Patricio se peleó con toda su familia, incluso quería huir conmigo. Él se convirtió ante los ojos de todos en el romántico apasionado, y yo en la perdición.
—Mi madre enfermó gravemente en esa época y no pude irme. Luego, cuando ella murió, me fui.
—Creí que me había librado de los Salazar y de Patricio para siempre, pero descubrí que estaba embarazada. Quise abortar, pero no tenía ni para pagar la clínica. El bebé fue creciendo y no tuve más remedio que tenerlo. Aunque la vida era difícil, poco a poco las cosas iban mejorando.

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