La intención de Mariana era clara. Si esos hijos ilegítimos realmente codiciaban las acciones y el patrimonio del Grupo Salazar, se desataría una guerra sangrienta. Y si hacían enojar a Mariana, su destino no sería nada bueno. Mantener la paz y la estabilidad, como hasta ahora, era lo que él más deseaba.
Pero había un problema: si le entregaba todas las acciones a Emilio, Liliana se quedaría sin ningún respaldo para el futuro.
—Sobre las acciones y los bienes de la empresa, ya redacté mi testamento —dijo Patricio—. Que pase mi abogado.
Mariana se sorprendió. El abogado de Patricio llegó enseguida.
Resultó que Patricio ya había transferido el quince por ciento de sus acciones a nombre de Liliana. El diez por ciento restante pasó a nombre de Emilio, y Gabriela recibió el cinco por ciento.
Además, había establecido un fideicomiso familiar especial. Todos los dividendos de las acciones debían pasar primero por esta empresa fiduciaria y luego repartirse según el porcentaje de acciones. Pero había una condición adicional: si Liliana moría por causas no naturales dentro de los próximos treinta años, todos los dividendos serían donados a la beneficencia pública.
Al ver los arreglos de Patricio, Mariana casi enloquece. ¡Le había regalado casi la mitad de su patrimonio a Liliana! Los dividendos anuales de tantas acciones eran suficientes para meter a Liliana en la lista de los más ricos. Y encima le había puesto un seguro de vida.
Básicamente, si Liliana moría, nadie vería un centavo.
Mariana temblaba de coraje.
—Patricio, ¿cómo pudiste? Yo soy tu esposa legítima, ¿y le das todo el dinero a esa zorra?
Liliana seguía sin hablar. Permanecía parada en silencio a un lado, con la mirada baja, sumisa como siempre.
Ante el estallido de Mariana, Patricio respondió:


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