—Acabas de enterarte de que tienes un hijo, y a menos de un año de eso, lo vas a perder. Eso es muy cruel para cualquiera.
—Mamá, pase lo que pase en el futuro, prométeme que serás fuerte, ¿de acuerdo?
Claudia jamás imaginó que Luis le diría esas cosas.
Los papeles parecían haberse invertido.
Claudia se sintió fracasada.
Dejar que un niño enfermo de cuatro años tuviera que consolarla.
Claudia asintió:
—Luis, no te preocupes por mamá. Te prometo que, pase lo que pase, seré fuerte. Pero tú también tienes que prometerme algo: no pienses en la muerte. Piensa en el futuro, piensa en que viviremos felices como familia, piensa en cuando seas grande, ¿sí?
Luis asintió:
—Está bien. Cuando sea grande, quiero visitar los lugares más hermosos del mundo.
Luis pasaba la mayor parte del tiempo en el hospital.
Incluso ir al kínder al regresar al país fue un deseo que le cumplieron.
Claudia abrazó a Luis con fuerza:
—Trato hecho. Cuando te cures, papá y mamá te llevarán a los lugares más hermosos. Iremos a Finlandia a ver la nieve, a los países nórdicos a ver auroras boreales, al Polo Sur a ver pingüinos...
Esa noche platicaron durante mucho tiempo.
A las siete de la mañana.
Emilio empujó suavemente la puerta. Traía unos tuppers con el desayuno. Tenía unas ojeras muy marcadas.
Le había salido barba de un par de días.
—¿Todavía no despierta Luis? —preguntó Emilio en voz baja.
—Se durmió muy tarde ayer, déjalo dormir un poco más.
Claudia se levantó e indicó a Emilio que salieran al pasillo para hablar.
El pasillo del hospital tenía ese olor penetrante a desinfectante.
—¿Hay algún avance con Luciana? —preguntó Claudia.
Emilio había estado al pendiente de Luciana todos esos días.
No solo eso, también estaba preparando otras opciones.
No podían apostar todas sus esperanzas a Luciana.


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