Sus palabras hicieron que el corazón de Belén entrara en pánico y se desbocara por completo.
La distancia entre ambos era tan íntima que el aliento de él acariciaba su rostro, mezclándose con el de ella en una tensión abrumadora.
Belén apartó la mirada, visiblemente nerviosa, pero eso solo provocó que Tobías se volviera más atrevido. Inclinó la cabeza y capturó sus labios en un beso profundo y dominante, ahogando cualquier protesta.
Sin escapatoria, Belén se sintió desfallecer, derritiéndose en los brazos de Tobías, quien la sostenía con firmeza mientras la besaba con urgencia.
En ese preciso instante, el portón de hierro de la mansión Soler se abrió con un chirrido.
Inmediatamente después, se escucharon pasos acercándose.
Belén, aterrada, intentó empujar a Tobías con desesperación.
—¡Mmh, suéltame!
Pero Tobías estaba perdido en el beso, y su respiración agitada solo lograba nublar aún más el juicio de Belén.
Toda esa escena cargada de pasión fue presenciada en primera fila por Leandro Soler, quien acababa de salir de la casa.
Y para empeorar las cosas, era plena luz del día.
Leandro se quedó de pie en la entrada. No interrumpió la muestra de afecto; simplemente los observó con una mirada gélida.
Al presentir que algo no andaba bien, Belén finalmente logró apartar a Tobías de un empujón.
En cuanto el cuerpo de Tobías se hizo a un lado, la imponente figura de Leandro apareció claramente en el campo de visión de Belén.
—Hermano... —murmuró Belén. No se atrevía a mirarlo a los ojos. Su cuerpo temblaba por instinto y su mirada vagaba erráticamente por el suelo.
Sabiendo que había metido la pata hasta el fondo, Tobías reaccionó de inmediato y se colocó frente a Belén para protegerla.
Pero Leandro, con el rostro endurecido como el hielo, ordenó con voz grave.
—Adentro.
Belén salió de detrás de Tobías y asintió cabizbaja.
—Sí.
Luego, Leandro clavó sus ojos en Tobías.
—Tú también. Entra.
Al escuchar eso, la tensión en el pecho de Tobías finalmente se disipó un poco.
Leandro la miró con frialdad y le lanzó una pregunta cargada de hielo.
—¿Ya firmaste el divorcio?
Belén apretó el borde de su ropa por el nerviosismo, negó con la cabeza y respondió en un susurro.
—Todavía no.
La furia estalló en la voz de Leandro.
—Si todavía no estás divorciada, ¡¿entonces por qué te estás besuqueando con otro hombre frente a nuestra casa?! ¡¿Es que no tienes vergüenza?!
Belén intentó explicarse rápidamente.
—Hermano, yo no...
Pero antes de que pudiera terminar, Tobías la tomó del brazo y la jaló hacia atrás, ocultándola detrás de él.
Al mismo tiempo, clavó en Leandro una mirada cargada de una determinación helada.
—Fui yo quien la besó a la fuerza. Si vas a reclamarle a alguien, que sea a mí. Déjala en paz. Y si hablamos de no tener vergüenza, el único sinvergüenza aquí soy yo. Yo soy el que la persigue, el que no la deja respirar y el que piensa en ella a cada maldito segundo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....