Al salir al pasillo, encendió un cigarrillo. En el instante en que el humo llenó sus pulmones, sintió un ligero alivio.
Pero en su pecho seguía sintiendo un peso asfixiante, algo que lo oprimía y apenas le dejaba respirar.
Ni siquiera él mismo sabía lo que quería.
¿Casarse con Frida?
La verdad era que no sentía esa emoción que Tobías describía: esa sensación de triunfo, como si ganar a la mujer que amabas fuera conquistar la gloria.
Fabián jamás había experimentado ni una pizca de esa emoción.
Desde el interior de la habitación, el llanto ahogado de Cecilia se escuchaba de forma intermitente.
Cuando el cigarrillo se consumió, Fabián regresó al cuarto de su hija.
Al entrar de nuevo, el aura gélida que lo rodeaba era aún más intensa.
Cuando Cecilia lo vio, se encogió instintivamente y se escondió detrás de Frida.
—Papá —murmuró la niña con voz temblorosa.
La mirada desprovista de calor de Fabián se clavó en ella. Su tono fue prácticamente una orden militar:
—Estos días, tu señorita Frida y yo estaremos muy ocupados con los preparativos de la boda. Te irás a quedar un par de días a la casa de la abuela Helena.
Al escuchar que la enviarían con Helena Morales, Cecilia protestó de inmediato:
—¡No quiero ir! ¡Quiero quedarme con la nana Camila!
Fabián no tenía la menor intención de negociar. Giró el rostro hacia Frida y ordenó secamente:
—Frida, llévala allá.
Al escuchar la orden, Frida no hizo ningún intento de abogar por la niña.
—Está bien —accedió.
Tras dar la indicación, Fabián abandonó la habitación.
Frida empacó la maleta de Cecilia y luego le dijo:
—Vámonos, Cecilia.
—Pórtate bien, Cecilia. Ven con la abuela Helena. No queremos molestar a la señorita Frida y a tu papá, ¿verdad?
En la mente de Helena, su único objetivo era que Frida se embarazara lo antes posible. Si lograba darle un hijo a Fabián, su posición en la familia estaría asegurada.
Con Cecilia actuando como un constante estorbo, la posibilidad de un embarazo se volvía cada vez más lejana.
Tener la oportunidad de llevársela esta noche era un regalo caído del cielo.
Pero Cecilia se negaba rotundamente. Llorando, se aferró a Frida y suplicó:
—¡Señorita Frida, no quiero ir! ¡No me lleves allá, quiero quedarme contigo!
Al verla tan terca y empalagosa, la furia de Helena estalló. Sin importarle nada más, dio un paso adelante y arrancó a la niña de los brazos de Frida.
Acto seguido, le dio un pellizco cruel en el brazo y le siseó amenazante:
—¡Camina de una vez! Si no vienes conmigo, tu señorita Frida tampoco te va a querer. ¡Serás solo una mocosa abandonada que nadie soporta!
El dolor del pellizco hizo que Cecilia llorara con más fuerza, intentando soltarse. Sin embargo, Frida permaneció impasible. Solo se inclinó para abrazarla fríamente y le dijo:
—Cecilia, solo serán unos días, ¿sí?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....