—Belén, ¿tanta prisa tienes por divorciarte?
Belén, de pie en la penumbra, respondió con serenidad:
—Sí, Fabián. Hace mucho tiempo que no quiero seguir contigo.
Fabián no quiso analizar si las palabras de Belén eran ciertas o falsas. Apretó el botón del encendedor, y justo cuando la llama brotó, lo soltó.
Al mismo tiempo, la miró y dijo con un tono frío y tranquilo:
—En el estado en que se encuentra el abuelo, no puedo divorciarme de ti por ahora.
A Belén le dio risa.
—Una cosa es el divorcio y otra el abuelo. ¿Por qué tienes que mezclarlo todo?
Fabián ignoró sus palabras y continuó como si nada:
—El asunto del segundo hijo también debe volver a ponerse sobre la mesa.
En la familia Rojas, la persona más cercana a Fabián era su abuelo.
De niño, sus padres estaban tan ocupados con el trabajo que apenas le prestaban atención. Fue su abuelo quien jugó con él, quien lo acompañó en sus travesuras.
Fabián había sido criado por su abuelo, por lo que su vínculo era el más fuerte.
No le importaba nada más; solo quería que su abuelo se fuera de este mundo sin remordimientos.
Y si tener otro nieto era su deseo, Fabián estaba dispuesto a cumplirlo.
Al escuchar las egoístas exigencias de Fabián, Belén soltó una risa sarcástica.
—Pues puedes ir a tenerlo con Frida.
Fabián dio una profunda calada al cigarro. A través de la fina cortina de humo, Belén no podía descifrar sus pensamientos. Solo escuchó su voz, firme e innegociable:
—Solo tendré un segundo hijo contigo.
Sus palabras le provocaron un dolor agudo en el pecho.
¿Por qué solo con ella?
La razón la conocía demasiado bien.
Él había visto cómo Belén casi muere al dar a luz a Cecilia, y temía que Frida pasara por el mismo peligro.
Y aparte de Frida, él no estaba dispuesto a tocar a ninguna otra mujer.
Pero Belén era la excepción. Al fin y al cabo, desde el principio, ella no había sido más que un instrumento para darle hijos.
Al recordar todo esto, sintió una oleada de náuseas. Reprimió la agitación que sentía por dentro y le espetó con dureza:
—Sigue soñando.
Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó.
Fabián intentó detenerla, pero solo atrapó aire.
Al verla alejarse, no la siguió.
Temiendo que Leandro lo descubriera, Belén respondió apresuradamente:
—No es nada, hermano. Fui yo, que me caí sin querer.
Leandro no parecía muy convencido, pero, al fin y al cabo, era su hermana y él, como hermano mayor, no podía entrar así como así en la habitación de una mujer.
Así que se limitó a decirle en voz baja:
—Ten cuidado, no te vayas a lastimar.
—¡Ya sé! —respondió Belén en voz alta.
No fue hasta que escuchó los pasos de Leandro alejándose que Belén se levantó de la cama y se acercó a Tobías.
Tobías había caído de cara al suelo y no se movía.
Belén, preocupada de que se hubiera lastimado, lo empujó suavemente.
—¿Tobías?
Al escuchar la voz de Belén, Tobías logró incorporarse a duras penas. Se apoyó contra el ventanal, apestando a alcohol y con la cara enrojecida.
Sus ojos estaban desenfocados, pero al ver a Belén, su mirada pareció aclararse poco a poco.
Sin embargo, cuando habló, su voz estaba llena de resentimiento, como un niño al que le han quitado un dulce.
—Belén, eres una mentirosa, una gran mentirosa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....