—¿Pedirte un favor? —Mateo soltó una carcajada de desprecio—. ¿Tú? No me hagas reír.
Guillermo sabía que no podía hacerle frente a Mateo, así que no tuvo más remedio que irse con la cola entre las patas.
Aunque lo habían golpeado, no podía hacer nada para defenderse.
En ese círculo, si no tienes poder, tienes que agachar la cabeza.
Cuando Guillermo se fue, Mateo se giró para ver a Belén y le preguntó con preocupación:
—Belén, ¿estás bien? No te hizo nada, ¿verdad?
Belén negó con la cabeza. Aunque todavía estaba un poco asustada, le dijo:
—No, estoy bien.
Mateo la vio con los ojos rojos y, aunque no sabía por qué estaba triste, no se atrevió a preguntar.
En lugar de eso, le dijo:
—Te llevo a tu casa.
Belén, con los ojos llenos de gratitud, respondió:
—No te preocupes, traje mi carro. Puedo volver sola.
Mateo no parecía muy convencido.
—Entonces te sigo con mi carro. Me iré hasta que vea que entras a tu casa.
Belén intentó negarse, pero Mateo insistió.
—Vamos, no acepto un no por respuesta.
Así que no pudo decir nada más.
***
Después de escoltar a Belén hasta la mansión Soler, Mateo recibió una llamada de Tobías.
La voz molesta de Tobías se escuchó al otro lado.
—¿Todavía no llegas?
—Tuve un contratiempo —dijo Mateo.
—¿Qué contratiempo? —preguntó Tobías.
Mateo se hizo el misterioso.
—Cuando llegue te cuento.
Diez minutos después, Mateo llegó al privado del bar.
Tobías y Esteban ya estaban allí; solo eran ellos dos.
Cuando Mateo llegó, se sentó en el sofá, tomó un racimo de uvas del frutero y se lo llevó a la boca. Se comió una, masticando lentamente.
Al mismo tiempo, levantó la vista hacia Tobías, que estaba sentado enfrente, cabizbajo y de mal humor.
—Acabo de ver a Belén.
Al terminar, salió del baño envuelta en una toalla.
Se secó el pelo un poco y luego se quitó la toalla.
Justo en el momento en que se la quitaba, escuchó un golpe sordo detrás de ella.
Belén se sobresaltó y, por instinto, se cubrió el cuerpo desnudo.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con cautela.
Mientras preguntaba, se giraba y se cubría como podía con la toalla, tapándose primero las partes íntimas.
Cuando vio quién era la persona que estaba de pie frente a ella, se quedó atónita.
—¿Tobías?
Tobías la miró, con la cara completamente roja.
Belén se cubría con la toalla, pero sus largas piernas quedaban al descubierto, al igual que su clavícula, tan expuesta que era como un anzuelo que lo atrapaba.
Cuando él entró, había alcanzado a verle toda la espalda. Era delgada, con una cintura que se curvaba de una forma que le robó el aliento y lo dejó sin saber qué hacer.
Debido a la sorpresa, Tobías se quedó mirándola fijamente por un momento.
Belén, al ver que no apartaba la vista, le dijo con la cara sonrojada:
—Tobías, ¿hasta cuándo me vas a seguir viendo?
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....