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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 455

Al conocer la verdad, el cuerpo de Leandro se tensó.

Cuando pudo reaccionar, intentó pasar junto a Alejandra para ir a la habitación.

—Voy a verla.

Pero Alejandra se interpuso en su camino de nuevo, suplicándole:

—Cuñado, Belén lleva dos días sin dormir. Apenas acaba de conciliar el sueño. Por favor, no la molestes. Si se despierta, no volverá a dormir en toda la noche.

Ante sus palabras, Leandro se detuvo.

Quería ver a su hermana, pero también le dolía pensar en su sufrimiento. Aunque la historia de Alejandra tenía algunas lagunas, no se atrevía a arriesgarse. ¿Y si era verdad? Si por su imprudencia, su hermana, que por fin descansaba, se despertaba, se sentiría aún más culpable.

Al ver que la actitud de Leandro vacilaba, Alejandra añadió rápidamente:

—El doctor dijo que necesita dormir mucho para recuperarse.

Leandro bajó la cabeza y asintió con voz ahogada.

—Entonces, que descanse.

Dolores, también preocupada, dijo en voz baja:

—Entonces solo me asomo a la puerta para verla. Solo un vistazo.

Dicho esto, empezó a caminar hacia la habitación.

Pero apenas dio un paso, Leandro la detuvo del brazo.

Dolores se giró y vio que su esposo negaba con la cabeza.

Entendió al instante lo que quería decir.

Dejó de insistir y le dijo a Alejandra:

—Mañana vendré a traerle comida. Leandro y yo ya nos vamos. Cuando Belén despierte, dile que su hermano y yo estamos muy preocupados por ella y que, pase lo que pase, toda la familia la apoya.

Los ojos de Alejandra se enrojecieron.

—Claro que sí —asintió.

Después de que Dolores y Leandro se fueran, Alejandra regresó a la habitación.

Dicho esto, fue a buscar agua caliente y una toalla para limpiar a Belén.

Con el cuerpo limpio, Belén sintió que el dolor disminuía un poco.

Media hora después, cuando empezaba a quedarse dormida, escuchó que la puerta de la habitación se abría.

En los últimos dos días, se había vuelto hipersensible al sonido de la puerta. Al menor ruido, abría los ojos.

—¿Quién es? —preguntó, con la voz cargada de alerta.

La habitación estaba a oscuras. Ni siquiera la luz de la luna que entraba por la ventana le permitía ver quién era.

La persona no respondió, solo se acercó lentamente a la cama.

Sintiendo que alguien se aproximaba, Belén se encogió instintivamente en un rincón.

Pero entonces, unas manos cálidas y grandes sujetaron su brazo helado por el miedo.

***

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