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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 165

Victoria lo observó en silencio.

Estaba más delgado. Tenía ojeras, la camisa arrugada y esa forma de sostenerse de pie que no parecía orgullo, sino agotamiento. Aun así, no se acercaba. No exigía. No usaba la palabra esposo como una llave para abrir una puerta que ella todavía mantenía cerrada.

—¿Viniste, porque querías preguntarme cómo estoy? —dijo ella.

Adrián tragó saliva.

—Sí.

—¿Por qué no lo hiciste?

Él bajó la mirada hacia los monitores.

—Porque no sé qué puede alterarte. No quiero volver a equivocarme.

Victoria sintió que algo le dolía, no de la misma forma que antes, sino con una tristeza más honda. La visita de Laura y Daniel la había cansado, pero también le había devuelto un poco de fuerza. Hablar del proyecto, escuchar que su trabajo seguía vivo, recordar que su mente todavía podía crear algo más allá del hospital y de la enfermedad, había abierto una pequeña ventana dentro de todo lo que la asfixiaba.

Y en esa ventana, por mucho que le pesara admitirlo, también estaba Adrián.

Cuando habló con sus abuelos, dijo que no quería ayuda de nadie, que no deseaba deberle la vida a Fernanda o a Daniel. Tampoco permitir que alguien usara su enfermedad para retenerla. Eso era verdad. Pero había otra verdad más vergonzosa, más profunda y difícil de aceptar.

En su interior, una parte de ella seguía gritando que necesitaba a Adrián. No para que decidiera por ella o para que la salvara a la fuerza. Sino para que permaneciera porque lo amaba.

—Quédate —dijo al fin.

Adrián levantó la mirada.

—¿Qué?

Victoria cerró los ojos un instante.

—Solo… quédate.

La voz le salió baja, agotada, casi quebrada.

Adrián sintió que el pecho se le cerraba de una forma dolorosa. Quiso tocarla, tomar su mano, besarla, decirle que no iba a moverse de su lado, aunque el mundo entero intentara arrancarlo de allí, pero se obligó a no hacerlo. No todavía.

Se sentó en la silla junto a la cama, dejando suficiente distancia para que ella no se sintiera atrapada.

—Desde luego, me quedaré aquí —dijo. — Todo el tiempo que tú quieras.

Victoria abrió los ojos y lo miró con una vulnerabilidad que ninguno de los dos supo nombrar. Hasta que giro el rostro sutilmente hacia la ventana. Afuera, el día avanzaba con una calma ajena a todo, y a pesar de todo el silencio dentro de la habitación no se sintió como una amenaza. Adrián permaneció sentado, quieto, con las manos entrelazadas y el corazón lleno de palabras que no podía decir.

Ella no estaba lista para confiar en él, pero había algo importante que no podía pasarse por alto.

—El mes del que hablamos terminó —dijo, con la voz baja pero firme—. Entonces quiero saber algo. ¿Firmarás los papeles del divorcio?

La pregunta sorprendió a Adrián de una forma que no pudo ocultar.

—Victoria…

—Necesito una respuesta.

Adrián apretó las manos sobre sus rodillas, obligándose a no acercarse.

—No elegí a Fernanda sobre ti.

Ella apartó la mirada.

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