Adrián esperó a Victoria en el estudio.
No había planeado hacerlo. Al menos eso se dijo mientras caminaba de un lado a otro, mirando los planos sobre la mesa, las muestras acomodadas en cajas pequeñas y la libreta abierta con anotaciones que no entendía del todo.
Victoria tenía una vida organizada allí.
Una vida que no pasaba por él.
Ese pensamiento le molestó más de lo que quería aceptar.
Cuando la escuchó entrar a la casa, se quedó quieto. No salió a recibirla. Esperó a que sus pasos se acercaran al estudio y, cuando Victoria apareció en la puerta, ella se detuvo al verlo.
—Adrián.
—Llegaste tarde.
Victoria miró el reloj de pared.
—Son las ocho.
—No dije que fuera medianoche.
Ella dejó el bolso sobre una silla.
—Entonces no entiendo el comentario.
Adrián observó su rostro. No venía alterada. Tampoco parecía cansada de un modo preocupante. Traía una expresión tranquila, de esas que había empezado a usar desde que dejó de explicarle cada detalle de su día.
—¿Estabas con Daniel Reyes? —preguntó.
Victoria lo miró con atención.
—Estaba trabajando con el equipo del proyecto.
—Eso no responde mi pregunta.
—Sí estaba Daniel. También Laura, dos proveedores y el encargado del showroom.
Adrián apretó la mandíbula.
—Te vi hoy.
Victoria guardó silencio un segundo.
—¿Dónde?
—En el showroom.
Ella pareció sorprenderse apenas.
—No sabía que estabas cerca.
—Fui a recoger a Fernanda a su terapia.
—Entiendo.
Adrián esperó que dijera algo más. Que explicara. Que justificara por qué se reía con Daniel. Que intentara tranquilizarlo aunque él no hubiera formulado una acusación clara.
Victoria no hizo nada de eso.
—No me gusta cómo se ve —dijo él al fin.
Ella levantó las cejas.
—¿Cómo se ve qué?
—Tu cercanía con Reyes.
El nombre sonó más duro de lo necesario.
Victoria sostuvo la calma.
—Es mi colega.
—Es un hombre que pasa mucho tiempo contigo.
—Trabajo con él.
—Victoria, eres mi esposa. La gente habla.
Ella lo miró como si acabara de confirmar algo que ya esperaba.
—Ah. Entonces esta conversación es por la reputación.
—No lo reduzcas a eso.
—Tú acabas de hacerlo.
Adrián respiró hondo.
—No quiero que te expongas a comentarios innecesarios.
Victoria caminó hacia la mesa y acomodó una carpeta que estaba fuera de lugar.
—Qué curioso.
—¿Qué cosa?
Ella giró hacia él.
—Que mi reputación te preocupe ahora.
Adrián se tensó.
—Siempre me ha preocupado.
Victoria negó con suavidad.
—No. Te preocupaba que yo cumpliera bien mi papel. Eso es distinto.
—Victoria.
—No te escuché hablar de reputación cuando me sentaban lejos de ti en una cena para que Fernanda estuviera a tu lado.
Él guardó silencio.
—Tampoco cuando tu madre me trataba como organizadora en mi propia casa —continuó ella—. Ni cuando tus invitados hablaban de mí como una solución temporal. Ni cuando todos daban por hecho que, si Fernanda despertaba, yo debía salir con elegancia para no incomodar a nadie.
Adrián apartó la mirada.
—Eso no tiene que ver con Daniel.
—Tiene que ver contigo.
La frase fue tranquila, pero directa.
No era solo la reputación.
Ya no podía engañarse tan fácil.
—Eres mi esposa —dijo, porque era lo único que logró decir.
Victoria bajó la vista a su mano sin anillo.
—Eso has repetido mucho últimamente.
—Porque lo eres.
—Cuando te conviene recordarlo.
Adrián se acercó otro paso.
—No hables como si nuestro matrimonio no significara nada.
Victoria levantó la mirada.
—Adrián, durante años yo fui quien intentó darle significado.
Él se quedó inmóvil.
La frase no fue un golpe fuerte. Fue peor. Fue una verdad simple, dicha sin intención de castigar.
Victoria tomó su bolso.
—No voy a dejar el proyecto. No voy a alejarme de mi equipo porque te incomoda que alguien me trate con respeto. Y no voy a volver a vivir pidiendo permiso para no alterar la imagen de una familia que nunca cuidó la mía.
Adrián la miró con una mezcla de molestia y desconcierto.
—Estás cambiando demasiado.
—No. Estoy dejando de adaptarme a ti.
Ella caminó hacia la puerta.
—Victoria.
Se detuvo, pero no giró por completo.
—No conviertas esto en otro reclamo. Estoy cansada, y mañana tengo trabajo.
—No hemos terminado.
—Sí terminamos. Solo que tú aún no estás acostumbrado a que yo decida cuándo irme.
Victoria salió del estudio.
Adrián se quedó solo entre los planos, las muestras y el espacio que ella había construido sin él.
Sus argumentos de siempre no habían funcionado.
La imagen familiar, el apellido, la prudencia, el deber. Todo eso había sido suficiente antes para hacer que Victoria cediera. Esa noche no.
Adrián miró la puerta abierta.
No sabía si estaba más molesto por Daniel Reyes o por la forma en que Victoria ya no parecía tener miedo de perderlo.
Y esa duda lo dejó sin paz.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Me pregunto como uno puede llegar a odiar a un personaje de la nada "Daniel"...
Hola...
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....