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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 38

Fernanda notó el cambio en Adrián antes que nadie.

No era algo evidente. Él seguía acompañándola a terapia, preguntaba por sus medicinas y atendía cada llamada del doctor Ramírez. Para cualquiera, Adrián seguía siendo el hombre pendiente de su recuperación.

Pero Fernanda sabía mirar mejor que los demás.

Había empezado a notar sus pausas. La forma en que revisaba el teléfono cuando Victoria salía de casa. La manera en que se quedaba callado cada vez que alguien mencionaba el proyecto de ella. Incluso había visto cómo su atención se desviaba cuando Victoria entraba a una habitación sin buscarlo.

Eso no le gustó.

Por eso, durante una reunión familiar en la mansión Montenegro, Fernanda decidió hablar del pasado.

Todos estaban reunidos en el salón principal. Regina había invitado a Isabel y Ernesto para comer, y Adrián había llegado temprano después de una junta. Victoria estaba en un sillón lateral, revisando unos documentos mientras Clara terminaba de servir café.

Fernanda esperó el momento adecuado.

—A veces sueño con la boda —dijo de pronto.

La conversación se detuvo.

Isabel dejó la taza sobre la mesa.

—¿Con tu boda, hija?

Fernanda asintió despacio.

—No sé si son recuerdos o cosas que imaginé antes del accidente. Pero veo detalles. El vestido. La iglesia. Adrián esperándome.

Regina se llevó una mano al pecho.

—Mi niña…

Adrián se quedó quieto.

Victoria levantó la vista de sus papeles.

Fernanda no la miró. Mantuvo los ojos sobre su madre, con una expresión frágil y serena.

—Es extraño —continuó—. Para todos han pasado años. Para mí, sigo teniendo la sensación de que esa vida estaba a punto de empezar.

Isabel se sentó junto a ella.

—Lo estaba, amor. Todos esperábamos ese día.

Ernesto bajó la mirada, afectado.

—Ya teníamos todo organizado.

Regina suspiró.

—Tú y Adrián eran la pareja que todos veíamos como natural.

Victoria cerró lentamente la carpeta que tenía en las manos.

Natural.

Esa palabra siempre encontraba la forma de dejarla fuera.

Adrián miró a su madre, incómodo.

—Mamá.

Regina pareció no entender la advertencia.

—¿Qué? Es la verdad. Nadie podía imaginar otro final para ustedes antes del accidente.

Fernanda bajó la mirada a sus dedos.

—Yo tampoco.

El silencio que siguió fue suave, pero lleno de significado.

Victoria supo entonces lo que Fernanda estaba haciendo. No necesitaba atacarla. No necesitaba decir que ella sobraba, ni pedir abiertamente que dejara a Adrián. Bastaba con recordarles a todos que ella estaba antes.

La novia original.

La historia pendiente.

La mujer que perdió una vida que, según todos, debía pertenecerle.

—Recuerdo que hablábamos de una casa —dijo Fernanda, mirando ahora a Adrián—. ¿Te acuerdas?

Adrián tardó en responder.

—Sí.

—Yo quería un jardín pequeño. Tú decías que no tenías tiempo para cuidar plantas.

—Y tú decías que igual me obligarías.

Fernanda sonrió con una ternura medida.

—También hablábamos de hijos.

Victoria sintió que el aire de la habitación cambiaba.

Isabel se limpió una lágrima.

—Fernanda…

—Perdón —dijo su hija—. No quería poner triste a nadie.

—No, querida —intervino Regina—. Tienes derecho a hablar de lo que perdiste.

Victoria sostuvo la carpeta contra su regazo.

Lo que perdiste.

Como si ella no hubiera perdido nada. Como si sus años de matrimonio hubieran sido una habitación prestada, una cama ocupada por necesidad, una vida sin peso propio.

Adrián miró a Victoria.

Ella lo notó.

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