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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 35

Fernanda quiso salir con algunos amigos de la universidad.

La idea surgió durante una tarde en la mansión Montenegro, mientras Adrián revisaba unos correos en la sala y Regina hablaba con Isabel sobre la agenda médica de la semana. Fernanda estaba sentada cerca de la ventana, con una manta sobre las piernas y una expresión pensativa.

—He estado recordando algunas cosas —dijo de pronto.

Adrián levantó la mirada.

—¿Qué cosas?

—Nombres. Lugares. Momentos de la universidad.

Regina se acercó de inmediato.

—Eso es bueno, querida. El doctor dijo que los recuerdos podían volver poco a poco.

Fernanda asintió, pero miró a Adrián.

—Quisiera ver a algunos amigos. Tal vez me ayude.

Adrián no dudó.

—Puedo organizarlo.

Victoria, que entraba al salón con unos documentos del proyecto en la mano, escuchó la frase desde la puerta.

Puedo organizarlo.

Con Fernanda, Adrián siempre encontraba tiempo, disposición y respuestas rápidas.

—No quiero algo grande —dijo Fernanda—. Solo una cena sencilla. Los de antes. Tú, yo, tal vez Victoria.

El nombre de Victoria llegó como un añadido necesario.

Adrián giró hacia ella.

—¿Puedes acompañarnos?

Victoria miró a Fernanda, luego a Adrián.

—Si quieren que vaya, iré.

Fernanda sonrió.

—Claro que quiero. Eres mi hermana. Además, sería bueno que todos estemos cómodos con esta nueva etapa.

Victoria no respondió. Sabía que aquello no era una invitación, sino una prueba.

La cena fue dos noches después, en un restaurante privado. Adrián pasó por Fernanda y Victoria viajó atrás, mientras su hermana iba adelante porque Regina dijo que era más cómodo.

Victoria no discutió.

Al llegar, los amigos universitarios de Adrián y Fernanda ya los esperaban: Mariana, Javier, Rodrigo y Sofía. Todos saludaron a Fernanda con emoción y cuidado, como si temieran romperla.

—No me miren así —dijo Fernanda con una sonrisa suave—. Estoy despierta, no convertida en cristal.

Todos rieron con alivio.

Adrián sonrió también.

Victoria lo vio desde su lugar.

Esa sonrisa era distinta a la que le daba a ella. Más cómoda. Más libre. Como si, con esas personas, Adrián regresara a un tiempo donde Victoria no existía dentro de su historia.

—Victoria, ¿verdad? —preguntó Mariana, acercándose a saludarla—. Nos conocimos hace años, creo.

—Sí, en una reunión de la universidad.

—Claro. Tú eras la hermana menor de Fernanda.

Victoria asintió.

La hermana menor.

Otra vez.

Se sentaron en una mesa apartada. Fernanda quedó entre Adrián y Mariana; Victoria, en un lugar correcto, pero ajeno.

La conversación empezó con temas amables: la recuperación de Fernanda, el hospital, la ciudad. Luego, inevitablemente, llegaron los recuerdos universitarios.

—¿Se acuerdan cuando Fernanda convenció a Adrián de faltar a esa conferencia? —dijo Rodrigo—. Él casi se muere de culpa.

Fernanda soltó una risa baja.

—No exageres. Solo quería que dejara de comportarse como abuelo.

Adrián negó con la cabeza.

—Me hiciste caminar veinte minutos para comer en un lugar pésimo.

—Pero te divertiste.

Él la miró.

—Sí.

La respuesta fue sencilla, pero Victoria sintió el peso de una historia que no le pertenecía.

Todos siguieron hablando de profesores, viajes, fiestas y planes que Adrián y Fernanda habían compartido antes del accidente. Victoria sonrió cuando debía y respondió solo cuando le preguntaban.

No era una crueldad abierta, y por eso dolía más.

Nadie la insultaba ni la excluía a propósito. Solo hablaban de un mundo donde ella nunca había tenido lugar; uno donde Adrián reía con más facilidad, Fernanda ocupaba su sitio sin pedirlo y todos parecían aliviados de verlos juntos otra vez.

—Adrián cambió muchísimo después de tu accidente —comentó Javier, mirando a Fernanda—. La verdad, su vida se detuvo contigo.

El silencio duró apenas un instante.

De vez en cuando miraba a Victoria, como si intentara medir el daño.

Ella no le dio nada que medir.

Al terminar, Mariana propuso repetir la salida en unas semanas.

—Será bueno para ti, Fer. Te ayudará a recordar.

—Me encantaría —respondió Fernanda—. Siempre que Adrián pueda acompañarme.

Adrián asintió.

—Veremos la agenda.

Victoria tomó su bolso.

—Voy a pedir el auto.

Adrián se levantó.

—Viniste con nosotros.

—Lo sé. Pero prefiero volver antes. Tengo trabajo pendiente.

Fernanda la miró con una dulzura serena.

—¿Te incomodamos?

Victoria sostuvo su mirada.

—No. Solo estoy cansada.

Adrián dio un paso hacia ella.

—Puedo llevarte.

—No hace falta. Quédate con tus amigos.

Tus amigos.

La frase marcó una distancia que Adrián no supo responder.

Victoria se despidió con educación y salió sin prisa. En la entrada, mientras esperaba el auto, entendió que no se sentía derrotada, sino fuera de lugar.

Y esa diferencia importaba.

Adentro, Adrián intentó volver a la conversación, pero su atención seguía en la puerta por donde ella se había marchado. Fernanda lo notó, y su sonrisa vaciló apenas.

Victoria subió al auto sin mirar atrás.

Esa noche comprendió que no solo la habían invitado a una cena, sino a una historia donde nunca tuvo lugar.

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