Los días siguientes avanzaron con una lentitud insoportable. El tratamiento mantenía a Victoria estable, pero su estado seguía siendo delicado: algunas mañanas podía hablar durante unos minutos, mientras que otras veces apenas abría los ojos.
Adrián aprendió a reconocer cada cambio con una atención dolorosa. No entraba sin permiso ni le había hablado de Mathis y Camille, los dos pequeños que trajo de Francia y mantenía protegidos en la mansión, porque Victoria aún no estaba en condiciones de recibir más preocupaciones.
Aun así, Adrián permanecía, y Regina no tardó en notarlo. Por eso, una tarde, mientras él, Isabel y Ernesto hablaban con los médicos, aprovechó para acercarse a Fernanda, quien esperaba con evidente fastidio en la sala de espera.
—Debes hablar ya con él —le dijo en voz baja—. Y tienes que asegurarte de que Adrián crea que tu decisión nace de tu miedo a perderlo y no de una exigencia.
—Lo conozco, sé qué debo decir, así que no me presiones.
—Necesitamos actuar ya. Si queremos que Adrián firme el divorcio, no puedes verte tan lenta.
—No estoy desesperada.
Regina sostuvo su mirada.
—Entonces actúa como si no lo estuvieras.
Fernanda bajó la vista, obligándose a recomponer el gesto. Después asintió.
—Le pediré hablar con él hoy.
—¿Segura?
—Sí, hoy. Si Victoria empeora, todos empezarán a buscar otras opciones. Necesitamos asegurarnos de que no empiecen a buscar otras opciones.
Regina entrecerró los ojos y, esa misma tarde, Adrián recibió el W******p.
Fernanda quería hablar con él a solas.
No se sorprendió. En realidad, llevaba días esperando ese momento. Cuando la tuvo de frente, Fernanda estaba en la pequeña cafetería del hospital, mirando unos documentos médicos que no parecía leer. Al verlo, levantó el rostro con una vulnerabilidad cuidadosamente ensayada.
—Gracias por venir.
—Dijiste que era importante.
—Lo es.
Adrián cerró la puerta detrás de él, pero no se acercó demasiado.
Fernanda notó la distancia. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa.
—Supongo que sabes lo difícil que es esto para mí.
—Lo imagino.
—No, Adrián. No lo imaginas. Todos hablan de mí como si fuera una solución médica, como si mi cuerpo fuera una pieza que puede reemplazar lo que a Victoria ya no le funciona.
Adrián guardó silencio.
—Sé que Victoria puede morir, —continuo y su voz tembló lo justo. —También sé que soy compatible y que todos esperan que diga que sí. Mamá, papá, Isabel, incluso Regina. Todos me miran como si mi decisión ya estuviera tomada.
—Nadie puede obligarte a donar un organo.
Fernanda levantó la mirada.
—Pero pueden odiarme si no lo hago.
Adrián no respondió.
—Tú también podrías odiarme —añadió ella.
—Esto no se trata de mí.
—Para mí sí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....