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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 271

Después hizo una pausa y agrego:

—Al menos no ahora.

—Lo entiendo.

—Pero quiero saber qué reconocen allí. No necesito detalles sobre Fernanda. Necesito saber si ustedes comprenden lo que hicieron conmigo.

Ernesto tardó unos segundos en contestar.

—Creo que apenas estamos empezando.

Cuando terminó la llamada, Adrián esperaba a pocos pasos. No intentó preguntarle qué había dicho su padre ni buscó interpretar su expresión. Se limitó a acompañarla hasta la biblioteca y aguardó a que comprobara que Camille y Mathis continuaban concentrados en la maqueta.

Camille sostenía una de las paredes mientras Mathis aplicaba demasiado pegamento en una esquina. Discutían en voz baja, pero ninguno soltaba la pieza. Victoria sintió ternura al verlos y, al mismo tiempo, una punzada de culpa por el pensamiento que no conseguía apartar.

—Fernanda les pidió que fueran a terapia familiar —explicó.

—¿Y eso qué te hace sentir?

Victoria permaneció junto a la puerta.

—Me molesta que incluso el cambio de Fernanda consiga reunirlos de una manera que mi dolor nunca logró.

Decirlo la hizo sentirse mezquina. Su hermana estaba intentando reparar parte del daño y, aun así, ella encontraba una razón para resentirlo. Había pasado demasiado tiempo aprendiendo que cualquier necesidad de Fernanda debía aceptarse sin preguntas, mientras las suyas podían aplazarse hasta desaparecer.

Adrián se sentó frente a ella.

—No estás celosa de su recuperación. Te duele que tus padres reaccionen porque ella se los pidió, cuando tú pasaste años esperando que notaran lo que ocurría.

Victoria alzó la mirada. Él no la juzgaba, pero comprenderla tampoco borraba que durante mucho tiempo había contribuido a que se sintiera invisible.

—¿Y si llegan a cambiar de verdad? ¿Qué hago con todos los años en que no lo hicieron?

—No tienes que convertir su cambio en una absolución. Puedes reconocer lo que hagan bien y seguir dolida por lo que hicieron.

Aquellas palabras también podían aplicarse a él.

—¿Hablas de ellos o de ti?

Adrián sostuvo su mirada, aunque la pregunta pareció golpearlo.

—También de mí. Amarte ahora no elimina la manera en que te fallé. Solo puedo procurar no pedirte que olvides para hacerme sentir perdonado.

Victoria quiso creerle. Una parte de ella ya lo hacía, pero otra recordaba cuánto había entregado para recibir apenas las sobras de su atención. Amar a Adrián ya no significaba negar aquello. Si algún día volvían a construir algo juntos, tendría que ser sobre la verdad completa, no sobre el alivio de haber sobrevivido.

La sesión familiar comenzó dos días después. Fernanda ocupó el sillón más alejado de sus padres. Isabel mantenía las manos unidas sobre el regazo y Ernesto miraba a la terapeuta como si esperara instrucciones capaces de evitarles aquel enfrentamiento.

Isabel explicó que Fernanda había nacido con una salud delicada y que vivieron muchos años temiendo perderla.

—¿Cuántas veces acompañó a Victoria cuando estaba asustada o necesitaba su atención? —preguntó la terapeuta.

Isabel abrió la boca, pero no encontró una respuesta que no condujera de regreso a Fernanda.

—Victoria era más independiente.

—¿Lo era o tuvo que aprender a serlo porque ustedes no estaban disponibles?

Fernanda sintió el impulso de consolar a su madre. Durante años había interpretado cualquier cuestionamiento hacia Isabel como una agresión que debía detener. Esta vez permaneció en su asiento. Rescatarla de aquella incomodidad repetiría lo mismo que ambas intentaban cambiar.

Ernesto admitió que llamaban fuerte a Victoria para justificar su ausencia. Después reconoció que su silencio lo había protegido a él, no a sus hijas.

—Yo sabía cómo hacer que dejaran todo por mí —confesó Fernanda—. No siempre fingía estar enferma, pero exageraba cuando temía que atendieran a Victoria.

La vergüenza le quemó el rostro. Aceptarlo no la liberaba de nada; solo le permitía mirar de frente a la niña que había aprendido a convertir el miedo en una herramienta.

—¿Cuándo comenzó ese temor? —preguntó la terapeuta.

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