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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 56

Victoria visitó el departamento que había elegido al día siguiente.

No se lo dijo a nadie en la mansión. No porque quisiera esconderse, sino porque necesitaba vivir esa decisión sin defenderla antes de entenderla por completo.

La agente inmobiliaria la esperaba en la entrada con los documentos bajo el brazo.

—Me alegra que volviera —dijo—. Pensé que quizá elegiría una opción más amplia.

Victoria miró la fachada sencilla, los balcones pequeños, la puerta de cristal sin guardias ni escudos familiares.

—Esta me parece suficiente.

Subieron en un elevador estrecho y lento. En otro momento, Victoria habría comparado aquel edificio con la mansión Montenegro y habría sentido que daba un paso hacia abajo. Esa mañana no. La sencillez le pareció un descanso.

El departamento 304 estaba igual que la vez anterior.

Pequeño.

Claro.

Práctico.

La agente abrió la puerta.

—Puede revisarlo con calma.

Victoria cruzó el umbral. No había candelabros, ni salones inmensos, ni pasillos donde una pudiera sentirse perdida dentro de su propia vida. Solo una sala sencilla, una ventana hacia la calle, una cocina compacta y una habitación donde cabían una cama, un buró y quizá un escritorio.

Nada sobraba.

Y justo por eso, nada parecía reclamarle algo.

Caminó hasta la sala. El piso necesitaba pulirse y cambiaría la pintura por un tono más cálido. Imaginó una mesa junto a la ventana, sus planos ordenados, una lámpara de trabajo, una taza olvidada sin que nadie la juzgara por ello.

Se imaginó despertando allí.

Sin escuchar a Regina en la planta baja. Sin esperar la próxima crisis de Fernanda. Sin pasar por el comedor sintiendo que su silla era prestada. Sin demostrar que merecía seguir bajo un techo donde había vivido como esposa, pero demasiadas veces se había sentido invitada.

El alivio le llegó con culpa.

Luego entendió que la culpa era una costumbre, no una verdad.

—La renta incluye mantenimiento —explicó la agente—. El propietario pide referencias, comprobantes y un anticipo para apartarlo. Si decide avanzar hoy, puedo reservarlo mientras revisan la solicitud.

Victoria miró hacia la cocina.

—¿Puedo cambiar algunos detalles?

—Pintura, cortinas, espejo, lámparas, sí. Sin modificar estructura.

Entró a la habitación. No era grande. La luz entraba de lado y dejaba una franja clara sobre la pared. Allí podría poner su cama, un armario discreto y unas repisas con documentos.

Suficiente.

La palabra le apretó el pecho.

Durante años había vivido entre exceso de espacio y escasez de pertenencia. Habitaciones enormes donde no podía llorar con libertad. Salones impecables donde debía medir cada frase. Una casa llena de objetos costosos que nunca logró sentir propios.

Aquel departamento no tenía nada de eso.

Pero podía tenerla a ella.

—Quiero apartarlo —dijo al volver a la sala.

La agente levantó la mirada.

—¿Está segura?

Victoria pensó en Adrián. En su rostro al encontrar la tarjeta inmobiliaria. En la forma en que dijo que no tenía que irse. En la pregunta que no se atrevió a hacerle: si todavía quedaba algo para él en su futuro.

Pensó también en ella misma, en la mujer que ya no podía seguir esperando que alguien decidiera si merecía quedarse.

—Sí —respondió—. Estoy segura de iniciar el trámite.

No estaba mudándose ese día. No estaba huyendo. Estaba abriendo una posibilidad con nombre, dirección y llave futura.

Firmó la solicitud, entregó sus datos y pagó el anticipo desde su cuenta personal. Cuando recibió el comprobante, lo sostuvo unos segundos antes de guardarlo.

No era un papel cualquiera.

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