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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 270

—¿Fernanda es tu hermana?

—Sí —respondió Victoria.

—¿Por qué no vive aquí?

Victoria pensó antes de contestar.

—Porque estamos aprendiendo a relacionarnos sin hacernos daño.

Mathis abrió uno de los libros y encontró la dedicatoria. Más tarde, Victoria fotografió a ambos leyendo juntos. Dudó antes de enviar la imagen. No era perdón ni una invitación, solo el reconocimiento de un gesto que había respetado sus condiciones.

En el hospital, Fernanda observó la fotografía y sintió celos, tristeza y alivio, pero a su vez finalmente sentía que no necesitaba ocupar el centro de la escena para reconocer que había hecho algo correcto.

Al día siguiente Isabel regreso al hospital antes de que Fernanda terminara la sesión con la psicóloga. Llevaba una bolsa con ropa, dos mantas, varios recipientes de comida y una lista de medicamentos que había revisado con una enfermera. Permaneció sentada apenas unos minutos. Después comenzó a ordenar la habitación, ajustar las cortinas y comprobar que cada objeto estuviera donde consideraba conveniente.

Cuando la puerta se abrió, se levantó con tanta rapidez que casi volcó el café.

—Te ves cansada. Pediré que reduzcan las sesiones —dijo mientras tomaba el brazo de su hija—. No deberían exigirte tanto todavía.

Fernanda retiró la mano con cuidado.

—No necesito que las reduzcan.

—Todavía estás débil.

—También estoy cansada de que todo lo que hago se explique con mi salud.

Isabel quedó inmóvil. No era la respuesta que esperaba de la hija que, durante años, había aceptado sus cuidados como una confirmación de afecto. Fernanda entró en la habitación y vio la ropa ordenada sobre la cama. Su madre había elegido incluso la bata que debía ponerse después de bañarse.

Años atrás, aquel despliegue le habría parecido una prueba de que continuaba siendo la hija más importante. Le gustaba comprobar que Isabel abandonaba cualquier actividad cuando ella la necesitaba. Ahora, después de escuchar a la psicóloga preguntarle cuántas decisiones había tomado realmente por sí misma, aquella atención le produjo una incomodidad difícil de nombrar.

—Mamá, no puedes seguir organizando mi vida para evitar que me equivoque.

—Solo intento cuidarte.

—Eso dijiste cuando apoyaste que yo reemplazara a Victoria. También cuando fingiste no ver lo que estaba haciendo con Adrián.

Isabel palideció.

Ernesto, que acababa de llegar, se detuvo junto a la puerta. Había escuchado lo suficiente para entender que no debía intervenir en favor de ninguna. Durante demasiado tiempo había confundido la neutralidad con no participar, aunque su silencio siempre terminaba beneficiando a Isabel y Fernanda.

—No es justo que me culpes por todo —dijo Isabel—. Despertaste después de tres años, estabas confundida y Adrián había construido una vida con tu hermana. Yo solo quería devolverte lo que habías perdido.

—No era mío.

La respuesta salió con una firmeza que sorprendió a las dos.

Fernanda pensó en Adrián y en la desesperación que había sentido cada vez que él escogía permanecer junto a Victoria. Se había repetido que él le pertenecía porque existió un compromiso anterior, aunque ella misma estuvo dispuesta a abandonarlo por Marcos. Su madre no había creado esa contradicción, pero la había alimentado cada vez que presentó sus deseos como derechos.

—Adrián no era una cosa que pudieras devolverme —continuó—. Victoria tampoco tenía que apartarse para demostrar que me quería.

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