Aquel día Fernanda esperó el momento adecuado para hablar.
No lo hizo durante la cena, porque Victoria no estaba en la mansión y Adrián había llegado con el rostro demasiado cerrado para escuchar sin sospechar. Tampoco intervino mientras Regina e Isabel comentaban los rumores sobre Daniel Reyes y el proyecto de Victoria.
Fernanda sabía esperar cuando quería parecer inocente.
Permaneció en el salón principal, junto a la ventana, con una manta sobre las piernas y una taza de té entre las manos. Regina hablaba con Ernesto sobre el impacto social de la campaña. Isabel asentía, más preocupada por la opinión ajena que por Victoria.
Adrián estaba de pie junto a la chimenea apagada, distante.
Fernanda lo observó.
Antes, cuando la familia hablaba de ella, Adrián se acercaba de inmediato. La protegía con una mirada, una palabra, su presencia. Ahora parecía dividido entre lo que escuchaba y algo que lo llamaba desde otro lugar.
Victoria.
Ese nombre ya se había instalado en él.
Fernanda bajó la mirada y eligió su tono con cuidado.\
—No quiero causar más problemas entre Adrián y Victoria.
La conversación se detuvo.
Regina giró hacia ella.
—Querida, tú no estás causando nada.
Fernanda sonrió con tristeza.
—No lo sé. A veces siento que mi regreso rompió lo poco que ellos habían logrado construir.
Adrián la miró.
Victoria le había dicho algo parecido horas antes, pero desde otro dolor. No como una mujer que pedía compasión, sino como alguien que ya no aceptaba cargar culpas ajenas.
Regina se sentó junto a Fernanda.
—No digas eso. Todos hicimos lo que creímos necesario.
Fernanda acarició la taza con los dedos.
—Lo entiendo. Pero todos sufren por una vida que quedó mal acomodada. Victoria, Adrián, yo… Nadie tuvo lo que debía tener.
Isabel suspiró.
—Hija, tú perdiste años.
—Y Victoria ocupó un lugar que quizá nunca habría sido suyo si el accidente no hubiera ocurrido —añadió Fernanda, bajando la voz—. No lo digo con rencor. Solo duele.
La frase cayó con suavidad, pero dejó una marca.
Regina tomó aire.
—Por eso hay que poner orden.
Adrián se tensó.
—Mamá.
—No estoy diciendo nada cruel. Solo lo evidente. Si Victoria quiere una vida propia, una campaña, un departamento y quién sabe qué más con Daniel Reyes cerca, quizá lo más sano sería resolver el divorcio antes de que el daño público sea mayor.
Isabel miró a Ernesto.
—Los rumores ya están creciendo.
Ernesto asintió.
—Conviene evitar una crisis legal y social. Si se maneja con discreción, todos pueden salir lo menos afectados posible.
Adrián sintió una molestia inmediata.
Hablaban de Victoria como si fuera un riesgo que debía controlarse, una pieza incómoda dentro de un acuerdo familiar que ya no convenía.
Antes quizá habría aceptado esa lógica. Habría confundido distancia con respeto y silencio con madurez.
Ahora, imaginarla fuera de su vida le produjo rechazo.
No como un asunto legal.
Como un golpe.
—Dejen de hablar de ella como si fuera un problema —dijo.
Regina lo miró con sorpresa.
—Adrián, estamos intentando protegerte.
—No. Están intentando proteger una imagen.
Fernanda levantó la vista con delicadeza.
—Adrián, nadie quiere dañarla.
Él sostuvo su mirada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....