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¡De rodillas, ex esposo! Ahora soy tu tía romance Capítulo 16

—La verdad es que, en ese momento, ninguna empresa quiso contratarme —dijo Valentín con los ojos llorosos—. No sé cómo Yara se enteró, pero me buscó. Me dijo que si le entregaba todos tus datos de investigación, me conseguiría un puesto en TecnoNúcleo. Yo estaba desesperado por encontrar trabajo, así que yo...

Al escuchar aquello, Alana sintió un nudo en el estómago.

—Perdóname —continuó Valentín, bajando la mirada lleno de vergüenza—. Te fallé.

Alana se mantuvo en silencio, con el rostro inexpresivo.

Mentiría si dijera que no le dolía, pero intentó mostrarse comprensiva:

—En realidad, no pasa nada. Cuando te entregué esos datos, mi intención era que sirvieran para avanzar en la investigación. Yara es brillante, si le sirvió de referencia... no tiene nada de malo.

Valentín negó con la cabeza, lleno de rabia:

—Cuando se los di, le dejé muy claro que si usaba algo para sus investigaciones, tenía que darte los créditos. Me juró que lo haría, pero todo fue una vil mentira.

»Tuve acceso a los datos del proyecto de Fotolitografía Avanzada de TecnoNúcleo, y casi todo lo que ella aportó fue una copia exacta de tu trabajo. Cuando la fui a enfrentar, me amenazó. Me dijo que cerrara la boca o se encargaría de que no consiguiera trabajo en ninguna parte.

...

El tiempo pareció detenerse. Alana jamás imaginó que algo así le ocurriría a ella.

Fueron tres años de sudor y lágrimas. Solo ella sabía cuánto le había costado conseguir esos resultados.

Había dormido en el suelo del laboratorio, había comido un triste pan duro para no perder tiempo.

Por no interrumpir el trabajo, pasaba horas sin tomar agua para evitar ir al baño.

Incluso cuando tuvo cuarenta grados de fiebre, prefirió ponerse compresas frías y tomar medicina antes que abandonar su puesto un solo segundo.

Las uñas se le clavaron en las palmas de las manos. La ira estalló en su interior como un incendio.

Despidió a Valentín, se quitó la bata de paciente y subió directamente a la oficina de la dirección general en el último piso del hospital.

Al verla llegar, César, el asistente, se levantó de inmediato para bloquearle el paso:

—Lo siento, señora, el señor Herrera está muy ocupado.

—Dígale que estoy aquí. Es urgente.

—El señor Herrera dejó indicaciones estrictas: cuando está ocupado, la única persona que tiene autorización para interrumpirlo es la señorita Lozano —respondió César, con tono despectivo.

Con el rostro helado, Alana llamó directamente a Lisandro desde su celular:

—Estoy afuera de tu oficina y tu secretario dice que no me vas a recibir.

A César se le borró la sonrisa.

Entonces, la voz de Lisandro resonó por el auricular:

—Déjala pasar.

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