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Dr. Arrogante me convertí en la madre de su hijo romance Capítulo 20

Andruw Di´Marco.

Siempre había pensado que dentro de mi habitaba un monstruo.

Una bestia cruel que mi padre se había encargado de formar. Y que yo, en mi afán de resistirme al legado que me arrastraba, había intentado silenciar.

Y ese mismo monstruo ahora despertaba, ansioso, sediento de sangre como no lo había estado jamás.

El primer puñetazo cayo de lleno sobre la cara del imbécil que se había atrevido a tocarla. Sentí el hueso crujir levemente ante el impacto mientras su cabeza giraba ligeramente a la derecha ante la fuerza del golpe. La sangre comenzando a brotar de su boca amordazada.

Pero no fue suficiente.

Quería más.

Mucho más.

Mi mano izquierda voló hasta el cuello de su camisa. Obligándole a enderezar su postura. Sus ojos, nublados por el dolor, se encontraron con los míos.

— ¿Qué paso? ¿no eres tan valiente sin un arma entre las manos? ¿o necesitas que la víctima sea una mujer para sentirte ganador? — mi puño cerrado volvió a impactar contra su cara. Sentí como el cartílago de su nariz cedió ante el impacto, la sangre comenzó a brotar a borbotones mientras el imbécil se esforzaba por respirar.

Un nuevo quejido escapo de su boca, aun amortiguado por la mordaza.

— ¿Qué dices? — pregunte, arqueando las cejas y prestando más atención de manera hipócrita — ¿te duele? — pregunté, mi tono adoptando una falsa condescendencia que realmente me era imposible sentir.

El hombre intento gritar, pero solo salió un sonido ahogado y lastimero.

— ¿La mordaza te asfixia ahora que tu nariz está hecha m****a? — apenas tuvo fuerza para asentir. Una sonrisa peligrosa se instaló en mis labios — hombre… deberías haberlo dicho antes, que no soy adivino.

Mis manos se mancharon del líquido caliente, que brotaba de su nariz maltrecha, cuando se posaron sobre la mordaza, sacándola de su boca y dejándola caer sobre su cuello.

— ¡Maldito desgraciado! — gritó, al parecer al fin encontrando su voz.

— No tienes ni idea de lo desgraciado que puedo ser — esta vez mi puñetazo fue directo a su estómago. Él intento doblarse del dolor, pero sus ataduras no se lo permitieron. De su boca escapaban sonidos asquerosos mientras intentaba con todas sus fuerzas que el aire entrara en sus pulmones.

Sin darle tiempo a reponerse. Mis dedos se cerraron sobre su cabello, dándole un fuerte tirón que le obligó a levantar la cabeza.

— ¿Quién te envió a lastimarla? — pregunté. Mi voz baja, capaz de producir un escalofrío a quien quiera que me escuchara. Note como dos de los hombres de Adrián, apostados en las esquinas, se tensaban, impresionados por lo desconocido: mi rabia, mi sed de justicia. Yo no era así, no era amante de la violencia, pero, maldita sea, esta vez sí que la estaba disfrutando.

Capítulo 20: Consecuencias. 1

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