Andruw Di´Marco.
Siempre había pensado que dentro de mi habitaba un monstruo.
Una bestia cruel que mi padre se había encargado de formar. Y que yo, en mi afán de resistirme al legado que me arrastraba, había intentado silenciar.
Y ese mismo monstruo ahora despertaba, ansioso, sediento de sangre como no lo había estado jamás.
El primer puñetazo cayo de lleno sobre la cara del imbécil que se había atrevido a tocarla. Sentí el hueso crujir levemente ante el impacto mientras su cabeza giraba ligeramente a la derecha ante la fuerza del golpe. La sangre comenzando a brotar de su boca amordazada.
Pero no fue suficiente.
Quería más.
Mucho más.
Mi mano izquierda voló hasta el cuello de su camisa. Obligándole a enderezar su postura. Sus ojos, nublados por el dolor, se encontraron con los míos.
— ¿Qué paso? ¿no eres tan valiente sin un arma entre las manos? ¿o necesitas que la víctima sea una mujer para sentirte ganador? — mi puño cerrado volvió a impactar contra su cara. Sentí como el cartílago de su nariz cedió ante el impacto, la sangre comenzó a brotar a borbotones mientras el imbécil se esforzaba por respirar.
Un nuevo quejido escapo de su boca, aun amortiguado por la mordaza.
— ¿Qué dices? — pregunte, arqueando las cejas y prestando más atención de manera hipócrita — ¿te duele? — pregunté, mi tono adoptando una falsa condescendencia que realmente me era imposible sentir.
El hombre intento gritar, pero solo salió un sonido ahogado y lastimero.
— ¿La mordaza te asfixia ahora que tu nariz está hecha m****a? — apenas tuvo fuerza para asentir. Una sonrisa peligrosa se instaló en mis labios — hombre… deberías haberlo dicho antes, que no soy adivino.
Mis manos se mancharon del líquido caliente, que brotaba de su nariz maltrecha, cuando se posaron sobre la mordaza, sacándola de su boca y dejándola caer sobre su cuello.
— ¡Maldito desgraciado! — gritó, al parecer al fin encontrando su voz.
— No tienes ni idea de lo desgraciado que puedo ser — esta vez mi puñetazo fue directo a su estómago. Él intento doblarse del dolor, pero sus ataduras no se lo permitieron. De su boca escapaban sonidos asquerosos mientras intentaba con todas sus fuerzas que el aire entrara en sus pulmones.
Sin darle tiempo a reponerse. Mis dedos se cerraron sobre su cabello, dándole un fuerte tirón que le obligó a levantar la cabeza.
— ¿Quién te envió a lastimarla? — pregunté. Mi voz baja, capaz de producir un escalofrío a quien quiera que me escuchara. Note como dos de los hombres de Adrián, apostados en las esquinas, se tensaban, impresionados por lo desconocido: mi rabia, mi sed de justicia. Yo no era así, no era amante de la violencia, pero, maldita sea, esta vez sí que la estaba disfrutando.
Suspiré con pesadez. Sintiendo que este sujeto ya comenzaba a hartarme.
— Este imbécil me produce jaqueca — dije, pasando una de mis manos por mi cabello, peinándolo hacia atrás.
— Podemos hacer esto rápido. Un balazo entre las cejas. Otro en el pecho y listo. Bam bam — sugirió Adrián, mientras levantaba la mano, sus dedos índice y medio imitando el cañón de un arma, mientras su pulgar se movía como si realmente estuviera presionando algo. Incluso cerró uno de sus ojos como si estuviera observando a través de una mirilla.
— Así sería aburrido ¿no crees? — respondí, esbozando una sonrisa tenue — ¿Cuánto crees que pueda gritar antes de desmayarse? Porque yo no pienso detenerme hasta que vea en sus ojos el mismo terror que vi en los de Scarlett cuando la ataco.
Adrián fingió estar pensativo, hasta que se movió, sacando su billetera y colocando 200 dólares sobre la mesa.
— Le doy 20 minutos. Y es demasiado — su expresión era de falso fastidio.
— Bien. Probemos — me gire, con el electro bisturí en mano. El aparato emitía un zumbido eléctrico constante que se extendía por el sótano con demasiada claridad — No te preocupes por el sangrado. El calor sellará tus vasos de inmediato. Mi única preocupación es que te desmayes antes de que terminemos nuestra conversación, pero como soy médico, me aseguraré de que permanezcas bien despiertos.
Le dije a mi víctima, esbozando una sonrisa que mostraba todos mis dientes mientras sus ojos se abrían con absoluto horror. Menos de un segundo después, el grito desgarrador retumbo en las paredes del sótano.
Lo más divertido de todo… era que esto apenas había comenzado.

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