Andruw Di´Marco.
Una tenue sonrisa se plasmó en mis labios cuando la voz de mi primo se mezcló con el grito indignado de Elizabeth.
— Primo he traído… — la voz de Adrián era calmada, ese tono de quien está acostumbrado a dominar el mundo. Guardo silencio cuando, el grito de Elizabeth retumbo en la estancia.
— ¡Adrián! — su tono fue una mezcla de indignación y reproche, y, aunque no estaba mirando, pude imaginarme a mi primo arqueando una ceja mientras se preguntaba ¿Por qué rayos Elizabeth reaccionaba de esa manera?
Respiré profundo y acomodé mi postura, pasando una de mis manos por mi cabello, reconstruyendo de inmediato mi máscara de doctor imperturbable que domina el mundo, pero sabía que, a pesar de la aparente tranquilidad que proyectaba, mis ojos debían estar contando otra historia. Una de deseo apenas contenido. Una de frustración no disimulada, pero, sobre todo, una de un depredador que sabe que su juego aún no ha terminado, simplemente se ha extendido un poco más.
— Serás idiota — le escuche murmurar a Elizabeth, probablemente dándole un golpecito en el hombro a mi primo y poniendo los ojos en blanco. No me importaba, mi mirada hambrienta estaba fija en otro punto: en las mejillas sonrojadas de Scarlett, en sus labios entreabiertos y en su respiración entrecortada, afectada de manera innegable por la tensión que parecía flotar en el ambiente.
— Supongo que nuestra conversación tendrá que continuar más tarde — le dije, en un tono que solo ella pudiera escuchar. Le guiñe un ojo sin vergüenza alguna antes de corta la poca distancia que nos separaba.
La sujete de la cintura, ella contuvo un jadeo. Yo sonreí con superioridad sin apartar mi mirada de sus ojos que ardían de la misma forma en que lo hacían los míos. La baje de la cómoda con lentitud deliberada, extendiendo al máximo el momento de nuestro contacto. Mis manos hormigueaban deseosas de tocar más allá de la tela.
«No es el momento. No ahora»
Me recordó la voz de mi cabeza, esa que me contenía de mandarlo todo a la m****a.
Scarlett y yo intercambiamos una última mirada, una que decía más que un millón de palabras.
— ¿Trajiste mi encargo? — pregunté, desviando mi atención hacia mi primo. Debo admitir que casi me fue imposible cortar la conexión entre mis ojos y los de Scarlett, que parecían querer quedarse anclados por una eternidad.
— Por supuesto — la respuesta de Adrián fue corta, practica, pero la expresión de su rostro decía todo lo que su boca callaba. Al igual que Elizabeth cuyos ojos saltaban de Scarlett hacia mí y viceversa. Era como si todos en la habitación fueran consciente de lo que estaba ocurriendo, pero ninguno tuviera el valor para nombrarlo.
— Scarlett — pronuncie su nombre, girándome hacia ella y tomando una de sus manos entre las mías — necesito que te quedes con Elizabeth, tengo asuntos que atender, pero regresare a la brevedad posible.
Scarlett no respondió de inmediato. Sus ojos se mantuvieron anclados a los míos, como si ella ansiara encontrar en mi mirada alguna verdad no dicha.
— Esta bien — respondió después de lo que se sintió una eternidad — no pienso ir a ninguna parte — declaró, y una sonrisa provocativa nació en mis labios. Sabiendo que esa declaración era mucho más significativa que cualquier discurso elaborado. Era como si dijera: no voy a huir, estoy dispuesta a seguir con esto, hasta el final, sin importar las consecuencias.
Nos recibieron las paredes desconchadas. El aroma a humedad mezclado con el olor a óxido de la sangre que comenzaba a secarse. La iluminación tenue proveniente de una simple bombilla colgando de un cable. Y en el medio, atado de manos y pie a una silla, estaba él. El hombre que se atrevió a ponerle las manos encima a Scarlett.
Levantó la cabeza apenas lo suficiente para mirarnos. Y cuando sus ojos se encontraron con los míos, su expresión fue de absoluto terror. Intentó gritar, soltar una tanda de escusas que pudieran salvarlo de lo que estaba por venir, no pudo hacer, la mordaza en su boca se lo impidió.
— Es una lástima conocernos en estas circunstancias — dije, quitándome el saco del traje con lentitud deliberada. Luego, sin prisas, comencé a recoger las mangas de mi camisa.
El hombre intento forcejear con sus ataduras. Los alaridos amortiguados por la tela seguían escapando de su boca, mientras el terror en su mirada aumentaba con cada segundo que pasaba en mi presencia.
— Tranquilo, aun ni siquiera te he tocado como para que chilles de esa manera — mi voz era fría, monótona, sin rastro de emoción alguna.
Corté la distancia entre nosotros, mis pasos resonando contra el concreto con una precisión aterradora. Una de mis manos se posó sobre el espaldar de su silla, haciendo presión suficiente para inclinarlo ligeramente hacia atrás. Obligándole a mirarme.
— Tienes que saber una cosa… me considero un hombre sumamente paciente y muy pocas cosas me sacan de mis casillas — comencé — pero hay algo que me hace enojar, muchísimo: que rompan las reglas. Y yo, en mi vida, solo tengo una regla inquebrantable: la madre de mi hijo no se mira. No se toca. Tú rompiste esa regla, así que ahora tendrás que lidiar con las consecuencias.

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