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Dr. Arrogante me convertí en la madre de su hijo romance Capítulo 36

Andruw Di´Marco.

Verla acorralada contra la madera de mi escritorio, con la respiración entrecortada y con esos ojos verdes oscurecidos, fijos en mí, era la mayor prueba de autocontrol que había enfrentado en mi vida. Ni siquiera la había tocado aún y ya podía sentir su cuerpo temblar bajo la sombra del mío.

— Ahora… — le susurré, disfrutando de cómo sus pupilas se dilataban con cada centímetro que acortaba entre nosotros —, cumples las cláusulas de mi contrato… Ahora te enseño lo que significa ser la esposa de un Di´Marco.

Noté el segundo exacto en que tragó grueso, en que sus dedos se cerraron con aún más fuerza sobre el borde de la madera, como si el mundo se estuviera derrumbando bajo sus pies. Y de alguna manera lo hacía, su mundo de fugitiva acababa de terminar; y el mío, lleno de secretos y peligros, la estaba devorando.

— ¿Sabes algo? Debiste leer el contrato que firmaste — dije, mis labios a milímetros de los suyos. Dejé que sintiera el calor de mi aliento, que temblara aún más ante mi cercanía y, justo cuando estaba tan cerca de saborear su boca, me aparté.

No para poner distancia entre nosotros, sino para que mi boca marcara un camino de tentación hacia el lóbulo de su oreja con la intención de provocarla, de enloquecerla. Quería que entendiera que cada rincón de su cuerpo ahora me pertenecía.

— He pasado los últimos 15 meses buscándote… persiguiendo el fantasma de la única mujer que se atrevió a huir de mi cama — mi lengua rozó su oreja, marcando círculos lentos que hicieron que contuviera el aliento —. Ahora que te he encontrado… ahora que eres mía… no pienso dejarte escapar…

Sus mejillas se sonrojaron y su corazón comenzó a latir tan rápido que podía escucharlo. Mi mano izquierda se deslizó lentamente por su costado, acariciándola por sobre el encaje del vestido. Scarlett cerró los ojos mientras su aliento escapaba de su boca.

— Andruw — mi nombre salió de su boca en un suspiro en el momento en que mis dedos acariciaron el borde de su escote. Su piel se erizó bajo mi tacto.

— Voy a desarmarte, Scarlett. Poco a poco… — aseguré, mientras mis dedos se cerraban entre su cuello y su mandíbula, con la firmeza suficiente para dominarla. Un segundo después, deposité un par de besos en la comisura de sus labios —. Hasta que olvides tu nombre y solo recuerdes el mío.

Mi boca trazó un camino lento sobre su mandíbula. Besos que apenas rozaban su piel, pero que eran lo suficientemente tentadores para provocar que su respiración se volviera irregular. Y eso me encantó.

Scarlett se mordió el labio inferior. Un gesto inconsciente, delicioso. Mi dedo pulgar se deslizo sobre su labio, presionando hasta que dejó de morderlo.

— No hagas eso — ordené, en lo que sonó más como un gruñido que como una palabra real —. No tienes ni idea del efecto que ese gesto tan simple causa en mí.

— ¿Efecto? — preguntó. Su voz un susurro tímido.

Yo no respondí con palabras. En su lugar deslicé mis manos por sus costados con lentitud deliberada, y cuando estas llegaron a su cadera, la sujeté con fuerza, atrayéndola hacia mí con la intención de que sintiera mi erección en toda su gloria.

Sonreí cuando un jadeo escapó de sus labios. Mis manos se apretaron aún más sobre su cuerpo, clavando los dedos en su piel a través la tela.

— Eso es lo que causas en mi — confesé en su oído, justo un segundo antes de que mis dientes se cerraran con delicadeza sobre el lóbulo de su oreja. Un gemido bajo escapó de sus labios.

Sus manos se posaron sobre mis hombros en el instante en que, sin previo aviso, la levanté hasta sentarla sobre el escritorio. Mis labios dibujaron un camino de besos por su piel hasta llegar a ese punto donde su cuello se une con su clavícula, solo para comenzar a subir, marcando un recorrido de leves mordidas combinadas con besos húmedos.

Una vez más mis labios terminaron sobre los suyos, no en un beso salvaje como ella habría esperado, sino en ese roce fantasmal que tanto me gustaba saborear sobre su piel. El ambiente en el despacho cambió por completo, cargándose de la tensión que producía ese fuego incontrolable que amenazaba con consumirnos.

— ¿Sabes algo? — pregunté, rozando apenas sus labios. Ella parecía ansiosa por devorar mi boca, a juzgar por la forma en que sus labios buscaban los míos aún sin llegar a tocarlos, a juzgar por la forma en que sus dedos se aferraban a la tela de mi saco —. En mi mundo… los reyes solo se arrodillan ante sus reinas… y ahora tú eres mi reina…

Ella tardó un segundo en comprender, hasta que sus mejillas ardieron en un feroz sonrojo en el instante en que besé su escote y, sin dejar de mirarla, comencé a arrodillarme frente a ella. Fue un gesto lento, deliberado y tan simbólico que parecía irreal, simplemente porque los hombres como yo no se doblegan ante nadie y, sin embargo, yo había decidido hacerlo ante ella.

Besé su abdomen por sobre la tela. Mis manos que, hasta el momento, se habían mantenido sobre su cintura, comenzaron a deslizarse sin prisa por su costado, marcando la curva de su cadera, el contorno de sus muslos, hasta llegar a la abertura de su vestido y apartar la tela hasta dejar sus piernas expuestas.

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