Capítulo 110 Vanessa acomodó su ropa y se acostó a dormir.
Estaba tan cansada después de pasear todo el día que se quedó dormida en cuanto su espalda tocó la cama.
Rafael regresó a la habitación y, al ver la luz tenue, caminó de puntitas para no hacer ruido. Se recostó en la cama, apoyado a medias sobre un codo, y se quedó observando el perfil de ella en la penumbra.
Vanessa respiraba con tranquilidad, durmiendo plácidamente.
La mirada de Rafael se detuvo en su cara. Empezó a trazar mentalmente cada uno de sus rasgos; tenía unas facciones finas y atractivas, tan bellas como una rosa deslumbrante.
Mientras la miraba, sus labios formaron una sonrisa inconsciente. Sin embargo, un segundo después, las palabras de ella resonaron en su cabeza: "El único problema es que no nos amamos".
Sintió una punzada repentina de tristeza y asfixia insoportable.
Luego no pudo evitar reír con amargura. Era una tortura.
A la mañana siguiente, Vanessa se levantó muy temprano para ir al aeropuerto y reunirse con el equipo de producción.
Al bajar al primer piso, vio a Rafael sentado en el comedor, como de costumbre.
Recordó lo que había pasado la noche anterior, pero se acercó como si nada.
—Buenos días.
—Buenos días.
El desayuno de Rafael seguía intacto; al parecer, la estaba esperando como siempre.
—Siéntate a desayunar.
Vanessa asintió, se sentó y lo primero que hizo fue darle un sorbo a su vaso de leche.
El ambiente entre los dos era muy tranquilo.
Dejó el vaso en la mesa y levantó la mirada hacia él. Notó que no parecía molesto por lo de la noche anterior.
Eso debería haberla aliviado, pero luego pensó que su actitud se debía aque de hecho ella no le importaba en lo más mínimo, y de pronto se sintió inquieta y frustrada.
Se le quitó el apetito.
—Ya no quiero comer, tengo que irme al aeropuerto.
Se levantó de la silla para irse.
Rafael también se puso de pie.
—Yo te llevo.
Vanessa volvió a mirarlo. Sus facciones marcadas y atractivas mostraban una actitud seria.
De hecho, su actitud parecía un poco más indiferente que de costumbre.
Entonces lo escuchó decir:
—No te preocupes, vamos.
Vanessa sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos confusos y no tuvo más remedio que aceptar.
En el camino al aeropuerto, ambos mantuvieron un largo silencio.
—No te lo quites y no lo vuelvas a olvidar.
Vanessa bajó la mirada y, al ver el reloj, forcejeó.
Se detuvo al sentir que Rafael la miraba con desconcierto e inventó una excusa cualquiera.
—No es buena idea llevar un reloj tan caro al trabajo.
¿Rafael se iba a creer eso?
Era la heredera de un imperio corporativo, acostumbrada desde niña a la buena vida. ¿Le iba a importar un detalle como ese?
Era obvio que lo que no le gustaba era la persona que se lo había regalado.
El ánimo de Rafael decayó, ocultando a duras penas su frustración.
—Si no te gusta, puedes tirarlo.
Al retirar la mano, apretó el puño. Su mirada penetrante parecía querer atravesarla.
Vanessa no pudo evitar sentirse ofendida.
Le estaba dando un reloj que en realidad había comprado para la mujer que le gustaba y que no pudo entregarle, ¡y encima él era el que se enojaba!
Le respondió de mala gana:
—Eso haré.
Dicho esto, se bajó del auto, tomó la maleta que el chofer ya le había sacado y se alejó sin mirar atrás.

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