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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 218

Capítulo 218 Así que la supuesta "colaboración" de esa noche no era más que un pretexto. El objetivo de Natalia era que le confesara su relación con Rafael.

—No.

Vanessa sonrió y extendió la mano.

—Ya respondí. ¿Ahora me das la evidencia?

—Imposible. Estás mintiendo.

Natalia se agitó.

—Antes mandé a alguiena que los siguiera, y los fotografió. La noche del cumpleaños de la señora Magdalena, si tú y Rafael no hubieran intervenido, su relación ya habría quedado expuesta.

—Vanessa, no estás diciendo la verdad. ¿No quieres saber quién fue el que te salvó aquella vez?

Vanessa había ido a verla precisamente porque esa tarde, en la puerta de la habitación del!

hospital, había alcanzado a escuchar a medias la conversación entre Natalia y Alexis, y le había entrado la duda.

Pero después de esto, ya no le creería a Natalia.

—Es la verdad.

—¡Tú...!

—Ya que no quieres cooperar para nada, olvidate de saber la verdad —amenazó Natalia.

Vanessa se encogió de hombros y sonrió con sarcasmo.

—Está bien, entonces no hay trato.

Se dio la vuelta y se fue, sin dudar. Natalia la vio alejarse y entrecerró los ojos con malicia. ¡Tenía sus recursos!

***

Club Cúspide.

En el privado, los brindis iban y venían. Víctor sostenía su copa y brindaba por todos lados; tenía la cara colorada de tanto beber, aunque no lograba ocultar la alegría.

Incluso pasaba el brazo por los hombros de Leandro y no paraba de hacerle promesas, como que sin duda abrirían el mercado mundial de vehículos eléctricos.

Rafael se recostaba perezosamente contra el sillón, con la cara también enrojecida por el alcohol, con todo el aspecto de alguien que había bebido de más.

—Mira esa cintura, esa piel... tan suave y blanca...

y además igualita a una artista. Qué rico...

Eran cuatro, todos con el cabello teñido de rubio, cada uno con tatuajes; uno alto, otro gordo, otro flaco, y sin excepción todos con cara de depravados. Le metían mano, jalaban de ella, y alguno le tocó la cara.

Por dentro, Vanessa estaba muerta de miedo. Lo golpeaba con su bolso como podía, mientras se resistía y les advertía:

—¡No me toquen! ¡Si no se van, Ilamo a la policía!

Pero, ¿cómo iba a llamar? Cuando Rafael la había llamado, le habían arrebatado el celular y habían cortado la llamada. Ahora el celular estaba en manos de ellos.

—Ay, la policía... qué miedo me da...

—¿Qué te pasa? Si una vieja sale sola es porque está muerta de ganas, ¿no? ¿Qué tiene de malo pasarla bien con nosotros?

Otro estiró el brazo, le agarró el cuello de la ropa у jaló. Con el desgarre, quedaron expuestos su hombro y su clavícula. Vanessa gritó. El miedo la hacía temblar de pies a cabeza.

Pero cuanto más miedo tenía, con más fuerza los golpeaba con el bolso, aunque cada vez de manera más desesperada.

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