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El arte del clímax romance Capítulo 13

Su voz sonó bastante ronca al pronunciar su nombre, Michele se jacto de su jadeo y aquella encantadora voz le provoco acelerar las embestidas. Nota que Daviana planta ambas palmas de las manos sobre sobre los azulejos sacando un poco más su cuerpo hacia afuera.

Alza el culo contra su polla que lo hace entrecerrar los ojos por unos segundos, luego él suelta su pezón para colocar la mano al lado de la de ella y acercar su rostro a su mejilla.

—Quiero oír de tus labios que te gusta como follo tu coño —gime con rudeza haciendo amago de morder la piel de su mejilla—. Vamos, dímelo —insiste.

Daviana mantiene los ojos cerrados mientras que su coño es masturbado por su incesante jefe, luego muerde la parte inferior de su boca al disfrutar de la sensación que estaba sintiendo y acompañado de la voz de ese hombre detrás de ella era como sentir el máximo placer.

—Daviana —Michele sujeta el mentón de la castaña para hacer girar su rostro un poco —. He dicho que deseo escucharte.

—Si —jadea con un hilo de voz —. Me gusta lo que me haces —añade al final mirando de soslayo los penetrantes ojos verdes de Michele.

Ese rostro, esos ojos y esos labios bañados en agua le daban un aspecto apetecible a Daviana. Michele se aferra a su mentón para besar sus labios con salvajismo justo cuando el cuerpo de ella empieza a convulsionar.

Él presiona su pecho contra la espalda de ella para mantenerla presionada contra la pared, el vapor del baño se hizo más intenso mientras que él opacaba los gritos de Daviana con sus besos entre tanto sus dedos eran empapados por sus fluidos.

El CEO cierra los ojos para presionar su polla contra el culo de Daviana, esa chica tenía algo que lo enloquecía y no tenía idea de qué demonios era.

Cuando la respiración de Daviana se hizo un poco más lenta, Michele retiro la mano de su coño para luego chupar sus dedos. Posteriormente le da la vuelta a Daviana para restregar su cuerpo contra el diminuto de ella.

—Ahora si podemos darnos un baño.

El corazón de ella salto, y se pregunta de inmediato ¿no iba a seguir con lo demás?

Ella advierte que Michele vuelve a usar el jabón con su cuerpo y empieza a frotar su piel para darle un baño como una niña pequeña.

—Esto es muy extraño para mí —balbucea.

—¿Qué te esté dando un baño? —Daviana lo ve sonreír con malicia.

—Si —mientras que ella seguía pegada a los azulejos.

—Me da placer hacerlo, Daviana.

La joven parpadea varias veces al sentir las manos de ese hombre deslizarse por sus muslos con suavidad. Era demasiado erótico aquel baño, Michele la tocaba con tanto tacto que su piel reaccionaba al instante y ni hablar de su maldito coño traicionero.

Cuando le saco toda la espuma de su cuerpo, él se metió bajo el poderoso chorro de agua levantando sus brazos para peinar su cabello hacia atrás.

—¿Te quieres quedar para verme duchar? —le pregunta mirándola sonriente, ella estaba impactada, no pensaba hacerle nada más.

—¿Puedo irme?

—No estás en una prisión, Daviana —le da la espalda proporcionándole una estupenda visión de su ancha espalda y prominentes nalgas.

Traga saliva ante la tentación de deslizar sus manos por esa espalda tan maciza y llena de músculos. Pero sabía que si lo hacía, otra cosa más podría pasar entre ellos y a decir verdad es que estaba muerta del miedo por perder su virginidad.

Así que cobardemente abandona el cuarto de la ducha para envolver su cuerpo en una toalla.

Michele observo a Daviana de soslayo y niega, era una cobarde, no se atrevió a tocarlo sabiendo que tenía la libertad de hacerlo. No lo decepcionaba, pero si lo desesperaba. Él no deseaba coger con ella prácticamente obligándola, le gustaba la idea de que ella también pusiera de su parte para ello.

Una cosa era propinarle placer con la masturbación y que ella se dejara, y otra que follaran de verdad sabiendo que ella estaría muy tensa. Le apetecía que ella cediera, o al menos hiciera el intento de buscarlo, o tocarlo…

Quizás tendría que probar otra maña para conseguir que ella se relajara un poco más y terminara por acceder como él lo deseaba.

[…]

Acostada en aquella tibia y cómoda cama, Daviana mira por la enorme ventana de esa habitación, era muy tarde para seguir despierta. Pero el saber que su jefe saldría del cuarto del baño en cualquier momento la tensaba mucho.

Iba a compartir cama con un hombre por primera vez…

De pronto escucha la puerta y se sobresalta. La luz del baño es apagada y siente los pasos de su jefe rodear la cama, no lo quería ni ver. Era posible que quisiera tener sexo con ella en la cama y no en el baño.

El lado de su cama se hunde, pero ella no hace nada, ni dice una palabra. Y a decir verdad eso fue todo lo que paso, Michele se quedó en silencio y ella también, entonces, ¿no pensaba tomarla esa noche?

Realmente se sentía muy confundida.

Por otro lado, necesitaba dormir, porque aunque hubiera hecho un trato de locos con su jefe ella debía seguir trabajando. Cuando su hermano saliera de la operación iba a necesitar cuidados y aquel trato no cubría esos cuidados.

Cierra los ojos y trata de relajase, aunque la masculinidad de su jefe la abrumara.

[…]

El escándalo de una alarma la hace abrir los ojos de par en par, el alma de Daviana regresa a su cuerpo abruptamente al escuchar aquel bullicio. La castaña levanta la mirada para ver un maldito reloj despertador que marcaba las cinco de la mañana.

—Mierda…—musita asustada, puesto que era muy tarde.

Hace amago de ponerse en pie, pero sin darse cuenta que un brazo envolvía su estrecha cintura y al intentar pararse este musculoso brazo hace presión para que regrese a la cama.

—¿A dónde vas? —la voz de Michele era pesada, estaba medio dormido.

—Es muy tarde, debo pararme.

—La empresa queda a 20 minutos de aquí, ¿Cuál es la prisa? Ya no estás en tu apartamento Daviana.

Ella cae en cuenta de que él tiene mucha razón, antes se levantaba más temprano de lo normal para poder llegar a tiempo al trabajo, pero ahora se encontraba más cerca… vuelve a la cama sabiendo que la entrada a su trabajo era a las ocho de la mañana.

—¿Y porque ha puesto esa hora?

—El maldito reloj ya estaba puesto…—frunce el ceño al sentir que él aprieta más fuerte su cuerpo, la estaba asfixiando.

—¿Pero a qué hora nos vamos a levantar?

—Una hora más, ¿de acuerdo?

[…]

Michele ajusta su traje mientras baja los escalones, se encamina hasta la cocina para fijarse que un solo plato estaba servido en la mesa. Se detiene en seco y busca a Daviana con la mirada, cuando la pilla salir del cuarto del baño de los empleados se enfurece.

—¿Qué rayos es esto? —le reclama señalando su plato.

—¡Es su desayuno! ¿No desayuna por las mañanas?

—¿Dónde está el tuyo? —la pregunta la infarto.

—Comeré en la cafetería de la empresa.

—¿De verdad? —frunce el ceño mientras camina hacia ella irritado.

Daviana no comprendía porque estaba cabreado, ¿acaso hizo algo malo?

—¿He hecho algo mal?

—Ve y te sirves un plato y desayunas conmigo —le ordena deteniéndose delante de sus narices.

—Pero…

—He dicho que vayas.

Ella asiente y va enseguida hacer lo que él le dice, la verdad es que el desayuno que preparo esa mañana era toda una delicia, en el cafetín de la empresa no servían nada comparado con eso.

Regresa a la mesa con su plato y para ese entonces, Michele ya estaba comiendo. Ella se sienta a su lado y también empieza a comer.

—Comerás en mi casa, espero que eso lo entiendas —musita mientras hojea el diario del día.

—Está bien… ¿está seguro que quiere que lleguemos juntos a la empresa? No quiero que se corra el rumor de que nosotros dos andamos en algo.

—Daviana, nosotros ya tenemos algo.

—¡Un trato! Lo se…

Aquella contesta lo sacó de quicio, pero ella tenía razón. Solo era un trato, y debía recordarlo. Pero es que cuando la tenía desnuda y solo para él se le olvidaba porque demonios estaban juntos en su casa.

—En la empresa llámame señor, pero fuera de la misma quiero que me llames Michele.

—De acuerdo.

—Y deja de estar tan tensa —masculla cerrando el periódico.

Entonces, justo en ese momento la puerta de la casa se abre y Daviana se pone en pie abruptamente. Michele la ve y luego echa un vistazo hacia la entrada de su residencia percatándose de quien estaba ingresando en su propiedad.

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