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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 390

Pero, ¿qué más se podía hacer?

Esa noche, Gregorio de todos modos llevó a Cristina.

Al llegar, Cristina notó que Gregorio iba a encontrarse con un desconocido, un joven que, por su aspecto, parecía incluso menor que Benicio y Gregorio. Tenía una cara de niño, de esas que engañan a cualquiera.

—Te presento a Ezequiel Ochoa, señor Ezequiel —dijo Gregorio, haciendo la presentación—. Y ella es…

Apenas vio a Cristina, Ezequiel soltó una sonrisa traviesa.

—Ah, a ella la conozco. Es la famosa amiga especial de Benicio.

Gregorio, tan acostumbrado a salir bien librado de cualquier situación, por una vez no supo ni qué contestar.

—Señor Ezequiel, mucho gusto. Yo soy buena amiga de Benicio y del señor Esquivel… —Cristina, incómoda, no entendía si Ezequiel la estaba menospreciando o si solo quería hacerse el simpático.

Pero Ezequiel no la dejó terminar. Se puso de pie, todavía sonriendo.

—Señor Esquivel, este trato, me temo que ya no va a poder ser.

Tanto Cristina como Gregorio cambiaron de semblante de inmediato.

—¿Cómo que no? —Gregorio se apresuró, desesperado—. Señor Ezequiel, habíamos quedado en otra cosa, ¿por qué ese cambio tan brusco?

Ezequiel, con su carita de niño bueno, respondía con una voz tan inocente que no lograba ocultar el filo de sus palabras.

—¿De verdad no lo ve, señor Esquivel? Nosotros queremos colaborar con Gabriel. Al final, la gente de nuestro lado va a tener que aparecer ante Gabriel. Su presencia aquí todavía podría justificarse, digamos que cambió de bando por intereses comerciales. Pero, ¿a quién odia más Gabriel? ¿De verdad no lo sabe?

Apenas mencionaron el nombre de Gabriel, la expresión de Cristina se descompuso.

Ya casi no se atrevía a salir sola. A donde fuera, arrastraba a Gregorio con ella. Todo por el miedo que le tenía a Gabriel.

—¿Y tú qué? —Cristina, que desde que regresó al país había sido tratada como reina por esos tres hombres, no estaba acostumbrada a que la mandaran a callar. Ni siquiera Benicio, que ahora se mostraba tan distante, se atrevía a hablarle así.

Ezequiel entendió perfectamente lo que Cristina estaba a punto de decir, y le soltó una sonrisa burlona.

—Señorita Cristina, ¿de veras cree que la gente olvidó el escándalo de hace poco? En Puerto Maristes lo sabe hasta el que vende jugos en la esquina. Nadie olvida tan fácil. Hasta las sábanas de la cama que compartió con Benicio salieron a la luz. ¿De verdad piensa que Gabriel va a confiar en ustedes?

—Pero yo ya no tengo nada que ver con Benicio —insistió Cristina, llevándose la mano al vientre—. Yo ya…

—¿No escuchaste que te calles? —Gregorio le gritó, la voz cargada de enojo.

Había tanta dureza en la mirada de Gregorio, tanta amenaza, que Cristina no pudo evitar encogerse.

En ese instante, le cayó el veinte de algo doloroso: Gregorio no era Benicio. Él era como un perro rabioso. Si era capaz de tratar tan mal hasta a su esposa, ¿cómo iba a esperar que la tratara diferente a ella?

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