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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 391

—Señor Ezequiel… —Gregorio intentó explicar—. En verdad somos compañeros de la universidad. Aunque Benicio y yo ya no nos llevamos, con la señorita Cristina siempre fuimos amigos. ¿No le parece demasiado cortante que los compañeros ni siquiera se saluden?

Ezequiel sonrió, relajado.

—Tiene sentido, pero, señor Esquivel, este discurso no es para mí, sino para Gabriel. Todo depende de si él le cree o no, ¿no le parece?

El semblante de Gregorio se ensombreció de inmediato.

—Así que, señor Esquivel, la verdad le pido disculpas, pero estoy en una situación complicada. Mi empresa apenas va comenzando, y que Gabriel se haya fijado en mí ya es una fortuna. Vivo con el miedo de cometer cualquier error y perder esta oportunidad. Si acepté trabajar con usted fue solo por la gratitud que le tengo por el apoyo de antes. Ya era arriesgado de por sí, pero ahora hay aún más factores en juego, y sinceramente, no tengo el valor para arriesgarlo todo. De verdad, lo siento, señor Esquivel.

Ezequiel, tras decir esto, salió del salón privado, dejando solos a Gregorio y Cristina. Ambos se miraron en silencio, el ambiente se sentía pesado.

—Gregorio… —susurró Cristina con voz trémula.

Gregorio la miró con una expresión dura, casi como si lanzara un dardo con la mirada.

—Te dije que no vinieras, ¡pero tenías que seguirme!

Los ojos de Cristina se llenaron de lágrimas.

—Entonces… ¿qué vamos a hacer?

Gregorio se quedó callado, mascullando su enojo.

—¿Quién es en realidad este Ezequiel? —preguntó Cristina, con la voz temblorosa y la esperanza de que Gregorio descargara su furia contra Ezequiel y no contra ella.

—Es el socio que eligió Gabriel, una empresa que apenas va empezando —explicó Gregorio con tono áspero—. Ese tipo antes trabajó un tiempo en nuestra compañía y luego renunció para fundar la suya.

—¿Y no tenía restricción para trabajar en la competencia? —preguntó Cristina, sorprendida.

Gregorio, agobiado, soltó una maldición.

—¡Llora, llora! ¡Eso es lo único que sabes hacer! ¡Ya hasta me contagiaste la mala suerte! ¿Te crees que soy Beni, o qué? ¿Piensas que voy a consentirte? ¡A ver, llora otra vez y verás!

Cristina, asustada, se forzó a tragarse las lágrimas.

—Entonces… ¿qué hacemos ahora?

Gregorio la observó, arrugando la frente.

—¿De dónde salió el diagnóstico de Beni? ¿Es confiable?

Cristina, nerviosa, apenas podía responder. ¿Cómo iba a saber ella si era confiable? ¿No le había explicado ya de dónde lo sacó?

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