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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 401

Benicio se quedó sin palabras ante la pregunta.

Una incomodidad se apoderó del ambiente por unos instantes.

El doctor Morales se giró y regresó al consultorio, mientras Benicio volvió a sentarse en la sala de espera.

Estefanía salió del área de rehabilitación hasta dos horas después.

Cuando la vio, Benicio se levantó y quedó de pie frente a ella. Aunque solo habían pasado unos días sin verse, decir su nombre, “Estefanía”, sonó como si hubieran transcurrido años.

Estefanía, por su parte, no quería volver a encontrarse con él. ¿Acaso no habían acordado que, después de la despedida, serían como extraños?

Benicio percibió en sus ojos el fastidio y, con media sonrisa amarga, dijo:

—¿Ni siquiera quieres cruzar palabra conmigo? ¿De verdad me odias tanto?

Estefanía negó con la cabeza.

—No, no te odio.

Los ojos de Benicio se iluminaron levemente, pero lo que dijo ella después lo hizo caer de golpe.

—Ya te borré de mi vida. Si no te apareces, ni siquiera me acuerdo de ti.

En ese instante, Benicio comprendió que el olvido puede ser más cruel que el odio. De pronto, prefirió que ella lo odiara, al menos así lo tendría presente de vez en cuando…

Estefanía, sin agregar nada más, se dirigió hacia la salida. Benicio la siguió, acomodando el paso para ir a su lado, despacio.

Del consultorio a la puerta principal había apenas un corto trayecto.

Tan corto, que apenas daba tiempo para intercambiar un par de frases antes de despedirse.

Qué ironía. Antes él tuvo toda una vida para platicar con ella, para caminar juntos un largo camino. No lo valoró…

Pensó en agradecerle por aquellos días en que Estefanía le hizo grullas de papel a la abuela, por ayudarle a acompañarla en sus últimos momentos.

Pero no pudo decirlo.

Al final, solo se atrevió a preguntar:

—Estefanía, ¿a qué país te vas? ¿Llevas mucho tiempo preparando esto?

Por fin recordó aquellos libros de inglés que ella leía, las guías y exámenes que resolvía para el IELTS…

Hasta se burló de su nivel de inglés alguna vez. Ahora, al pensarlo, sentía una vergüenza que no sabía ni dónde esconder.

—¡Estefanía! ¿Y si fuera el Benicio de antes, sin errores?

—Benicio —dijo Estefanía, girando apenas el rostro—. No importa cómo seas tú. Yo no quiero volver a la vida de antes. De verdad espero no tener que verte nunca más. Solo de pensar en compartir mi vida contigo otra vez, me ahogo. ¿Entiendes? No importa cómo seas ahora, lo que pasó y el daño que causaste no se puede borrar.

—Estefanía… —Benicio la miró subir al carro, la voz hecha un nudo.

Quiso acercarse a la ventana para decirle algo más.

Pero un guardaespaldas con traje oscuro lo detuvo, tapando la ventana y su vista.

—Señor Benicio, por favor, mantenga la distancia.

Al final, solo pudo ver cómo Estefanía se alejaba en el carro, perdiéndose calle abajo.

Ni siquiera sabía si esta sería la última vez que la vería…

...

Esa noche, Benicio fue a cenar a la casa de Agustín Caicedo.

Los padres de Agustín ya estaban acostumbrados a su presencia. Sabían que él iría, así que compraban ingredientes, volvían temprano para cocinar con esmero. Incluso le preguntaban qué le gustaba comer, y hacían platillos especiales para él.

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