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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 44

Siempre era la abuela quien se quedaba en el hospital día y noche cuidándola...

Los recuerdos desfilaban uno tras otro en su mente, como si rebobinaran una película de su vida. Sobre todo, cuando pensaba en el momento en que Benicio anunció que se casarían.

Para sus padres, aquello fue motivo de una alegría desbordante. Su hija, con una pierna lastimada, había conseguido —como caído del cielo— a un yerno que parecía un tesoro. No pensaron en nada más, solo se pusieron a calcular cuánto pedirían de dote. Todo lo demás les fue indiferente.

Solo la abuela, quien al tomarle la mano le dijo en voz baja:

—Fani, pase lo que pase, nunca olvides quererte a ti misma más que a nadie...

¿Será que, desde ese entonces, la abuela ya lo había notado? ¿Había presentido que ese matrimonio no era buena idea, aunque supiera que no podía impedirlo?

Miró por la ventana, sintiendo que los ojos le ardían. “Abuela, perdóname... no supe cómo quererme de verdad”, pensó.

...

El carro llegó a casa de su abuela cuando ya era de noche. Desde la calle se veía la luz cálida que llenaba la casa, un resplandor naranja que iluminaba su corazón y le daba un poco de paz.

Sin poder evitarlo, los ojos se le humedecieron.

Bajó del carro, cruzó el patio y tocó la puerta.

—¿Quién es? —preguntó la abuela desde adentro, acercándose con pasos cortos y firmes.

Al abrir la puerta y verla ahí, la abuela se sorprendió tanto que los ojos le brillaron de emoción.

—¡Fani! ¿Qué haces aquí, mi niña?

Estefanía sintió que la emoción la ahogaba otra vez. No quería que su abuela la viera llorar, así que la abrazó con cariño, fingiendo alegría en su voz:

—Abuelita, me llegaron las uvas que me mandaste y me dieron muchas ganas de verte...

—Ay, esta niña... —respondió la abuela, feliz, echando un vistazo tras ella y notando que Benicio no estaba—. ¿Vienes sola?

—Sí, Benicio anda ocupado. Yo vine solita —respondió Estefanía, tomando de la mano a su abuela y guiándola hacia adentro—. Abuelita, me muero de hambre, ¿no tienes algo rico para cenar?

Después de que la abuela regresó al pueblo, los tres se tomaron esa foto.

La imagen la tomaron con el celular. Luego, Estefanía se la mandó a la abuela y ella la imprimió y la puso en un marco.

—¡Listo! ¡Ven a comer tu sopa de cebolla! —anunció la abuela, feliz, entrando con un tazón humeante entre las manos—. Ya estás grande y sigues pidiéndome lo mismo que cuando eras niña.

Estefanía sonrió y, al percibir el aroma de la sopa con tiras de carne, empezó a comer con verdadero apetito.

De verdad tenía hambre.

En la comida familiar de hoy apenas y probó bocado. Ahora, en cuestión de minutos, había terminado el tazón hasta la última gota de caldo.

Apenas dejó el tazón sobre la mesa, la abuela la miró con atención y preguntó:

—¿Te peleaste con Benicio?

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