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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 522

Benicio la escuchó en silencio y, cuando terminó, dijo:

—Entonces, ya ves.

—¿Qué? —Estefanía frunció el ceño—. ¿Ver qué?

—Mira, tú lo sabes todo —repitió Benicio sus palabras—. El matrimonio no es para pagar una deuda, no es para forzar las cosas, no es una atadura. Es para vivir felices juntos.

Estefanía se quedó helada.

—Estefanía —se levantó y se acercó a ella—. Tienes que confiar en ti misma. Tienes razón. Te cases con quien te cases, es para ser feliz con esa persona. Si no eres feliz, cualquiera de los dos tiene derecho a terminar la relación. Si la otra persona no quiere, es su problema, no el tuyo. Tú no tienes la culpa.

Resulta que, después de tanto rodeo, su trampa estaba aquí…

—Estefanía, amar de verdad a alguien es querer darle todo lo mejor que tienes y aun así sentir que no es suficiente. No es un «yo te di tanto, ¿cómo me lo vas a pagar?». Eso no es amor, ¿no crees? —Los ojos de Benicio brillaban en la oscuridad—. Así es como yo cuestionaba a mis socios en los negocios: «Les invertí tanto dinero, ¿y este es el resultado que me entregan?». Pero el matrimonio no es un negocio.

En realidad, Gilberto también le había dicho algo parecido.

Pero en ese entonces, la mente de Estefanía estaba tan nublada que no pudo asimilarlo.

Ahora, al escucharlo de nuevo, todo era muy claro.

—Benicio —le preguntó, fijando la vista en un mosquito en su cuello—, ¿te arrepientes de haberte divorciado y haber perdido toda tu fortuna?

Benicio sonrió levemente sin decir nada.

—¿Qué significa eso? ¿Que sí te arrepientes? —Estefanía frunció el ceño—. No me digas que toda esta amabilidad de los últimos días es para intentar recuperarlo.

—¿Y tú me lo darías? —dijo él.

—Te doy… —le dio una palmada en el cuello, que sonó con fuerza—. ¡Te doy una bofetada!

Después de la bofetada, salió corriendo. A la luz de la lámpara, vio que era un mosquito gordo que ya se había llenado con la sangre de Benicio, manchándole toda la mano.

Benicio la vio correr y sonrió. «¿Cómo podría arrepentirme? Amar es sentir que siempre estás en deuda. También es arrepentirse, sí, por no haberte valorado. Lástima que ya no hay segundas oportunidades.»

Le picaba el cuello. Se rascó y se le hizo una roncha.

—¡Estefanía, siempre serás la mejor! —le gritó a su espalda.

Esa noche, Estefanía volvió a dormir muy bien. Y no escuchó ningún ruido, ni siquiera el sonido de la hoja que soplaba Benicio.

Al día siguiente, se levantó muy temprano, pero alguien se le había adelantado.

Cuando salió de la cabaña, su hermano ya se había ido, y Benicio también, junto con Gilberto.

La tía tenía asuntos que atender en su empresa, no podían esconderse en el rancho para siempre. Tenían que volver y enfrentar lo que fuera necesario.

Noel se disculpaba en las cartas, recordaba muchos de los buenos momentos que habían pasado juntos y le preguntaba qué tenía que hacer para recuperar su corazón, ¿acaso no había dado lo suficiente?

Al ver la palabra «dar», Estefanía sintió de nuevo una náusea, pero se tomó de un trago el vaso de agua helada que tenía delante y reprimió las ganas de vomitar.

Cuando terminó de leer todas las cartas, su abuela, que la había estado observando con toda su atención, por fin se relajó.

—Abuela, te dije que ya estoy bien —la tranquilizó con una sonrisa.

Justo en ese momento, llamó su hermano.

Le dijo que los padres de Noel habían llegado y querían que las dos familias se sentaran a comer juntas, y le preguntó si estaba dispuesta.

Estefanía tenía una muy buena impresión de los padres de la familia Roldán, pero no sabía cuál era la intención de esta visita. Después de pensarlo, decidió enfrentarlo. Fuera como fuera, tenían que llegar a una conclusión adecuada, y confiaba en que su hermano no la pondría en una situación de riesgo.

Gilberto también la apoyó en la idea de reunirse y le aseguró que tanto él como su tía la acompañarían.

Así que, esa misma noche, Estefanía, acompañada por su tía y su hermano, acudió a la cita para encontrarse con Noel y su familia en un restaurante.

Cuando llegaron, Noel y sus padres ya estaban allí.

La señora Roldán, tan elegante y distinguida como siempre, la recibió con una sonrisa perfectamente medida.

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