Estefanía se encontró con Benicio y Ana en el hospital.
Para entonces ya era de mañana. Lo de la abuela no había sido grave; después de ponerle suero por la noche y tenerla en observación unas horas, su estado se estabilizó y al día siguiente se preparaban para llevarla a casa a descansar.
Fue entonces, en el estacionamiento, cuando se toparon con Benicio y Ana que bajaban de su carro.
Ambos carros quedaron estacionados uno junto al otro, así que era imposible no verse.
Benicio y Ana llevaban gorros gruesos, cubrebocas y largas chamarras de plumas.
Estefanía trató de recordar, y creía que era la primera vez que veía a Benicio con una chamarra así.
Él, que siempre iba impecable y súper correcto, ¿no era de los que despreciaban esas chamarras por abultadas y poco formales?
Como no había forma de evitarlo, Benicio los saludó, dirigiéndose a la abuela, a la tía y a su hermano por su título de respeto.
Por supuesto, al final también la saludó a ella.
Luego preguntó quién se sentía mal.
—No es nada. —Gilberto ayudó a la abuela a subirse rápido al carro para que no pasara frío y luego le dijo a Benicio—: Gracias por su preocupación, señor Benicio, pero como traemos a mi abuela, ya nos retiramos.
Su tono fue tan cortés que sonó especialmente distante y frío.
Desde el carro, la abuela preguntó:
—¿Y tú por qué estás en el hospital? ¿Te sientes mal?
—Oh, no soy yo —se apresuró a decir Benicio—. Es… Ana, se resfrió.
—Con este frío, hay que cuidarse mucho —le recomendó la abuela.
—Lo sé, gracias, abuela. —Al decir eso, los ojos de Benicio se enrojecieron de nuevo y se bajó un poco el gorro para ocultarlo.
¿Qué más se podía decir? Las miradas de la abuela y Gilberto se detuvieron un instante en la imagen de Ana, que estaba abrazada del brazo de Benicio con ambas manos. Luego, un simple «vámonos» lo dijo todo.
Estefanía fue la última en subir al carro. Justo cuando iba a entrar, Ana la llamó.
Ella se dio la vuelta, pero Ana no dijo nada más, solo sonrió y le dijo:
—Hace mucho frío, no te vayas a resfriar como yo.
Pero bueno, todo eso ya había pasado.
El encuentro de esa mañana no le había gustado nada a la tía, quien empezó a quejarse en el carro:
—Después de ver cómo se desveló esos días ayudando a Fani, hasta pensé que el hombre tenía algo bueno, pero ahora veo que sigue siendo un patán. ¿Qué, tanta prisa tenía? ¿Tenía que estar abrazada de él enfrente de nosotros, sin soltarlo ni un segundo?
—Exacto —dijo Gilberto—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde el divorcio? Y ya tiene novia nueva. Una persona así no tiene nada de bueno.
La abuela, al escuchar todo eso, se entristeció mucho; se le enrojecieron los ojos, pues ella le había tenido un cariño sincero a Benicio.
—Tía, hermano. —Estefanía abrazó a su abuela, temiendo que se pusiera triste—. Lo que haga o deje de hacer ya no es asunto nuestro, no hay que hablar de alguien que ya es parte del pasado.
La tía asintió.
—Tienes razón, ya no es asunto nuestro. Ahora solo quiero preocuparme por las personas y los asuntos que sí nos conciernen…
—Mamá, ya basta —la interrumpió Gilberto, a quien ya le dolía la cabeza. Últimamente, su madre vivía inmersa en una telenovela mental donde él tenía un hijo perdido por el mundo.
A Estefanía y a la abuela no les quedó más que reírse.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Baile de Despedida del Cisne Cojo
Es verdad sale muy caro liberar capitulos...
Muy bonita la novela me encanta pero pueden liberar mas capitulos yo compre capitulos pero liberar mas capitulos sale mas caro...
Muy bonita novela desde principio cada capítulo es un suspenso...