A la mañana siguiente, tenía el primer turno.
A las seis y media de la mañana, Brenda ya estaba en su departamento, poniéndose la bata blanca para hacer la ronda.-
Con la llegada del invierno, la temporada alta de enfermedades cardiovasculares estaba en su apogeo. Las habitaciones estaban a reventar, en su mayoría con pacientes de la tercera edad.
Al terminar la ronda y regresar a su oficina, revisó la agenda del día.
Consulta externa en la mañana y tres cirugías por la tarde: angiografías coronarias y colocación de stents.
Mientras leía, alguien tocó la puerta.
Su residente a cargo, Úrsula, asomó la cabeza.
—Doctora, el director pide que vaya a su oficina.
—De acuerdo, voy para allá.
Brenda ordenó los expedientes, se levantó y caminó hacia la oficina del director.
Tocó la puerta.
—Adelante.
Brenda entró.
—Director, ¿me buscaba?
En la oficina había dos personas más, un hombre y una mujer. Ambos rostros familiares.
El director sonreía de oreja a oreja.
—Brenda, déjame presentarte. Ella es el talento de alto nivel que trajimos del extranjero, la doctora Miranda López. A partir de hoy será la médica jefa de nuestro departamento de cardiología, lo que la convierte básicamente en tu jefa directa.
Luego señaló a Rubén.
—Y él es el señor Paredes. Recientemente hizo una generosa donación de equipos traídos desde el extranjero para nuestro hospital. Gracias a él, los pacientes ya no tendrán que hacer largas filas para sus estudios.
Brenda se sorprendió un poco, pero no lo demostró; solo asintió con fría cortesía.
El director soltó una risita nerviosa.
—Oh, por cierto, olvidé mencionarlo. El señor Paredes y la doctora López son pareja, y toda esta donación fue gracias a ella. Te lo digo para que estés al tanto, pero no lo andes divulgando por ahí.
Miranda de inmediato agitó las manos, fingiendo timidez.
—Director, por favor, no bromee conmigo. El señor Paredes y yo solo somos antiguos compañeros de clase. No vaya a malinterpretar las cosas.
—¿Antiguos compañeros?


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