Estudiar medicina era famoso por ser una carrera eterna. Para llegar a ser médico jefe, la mayoría tenía que partirse el lomo hasta los cuarenta o cincuenta años.
Miranda tenía apenas veintiocho, y en solo ocho años había sacado su doctorado y conseguido un puesto directivo.-
Pero Brenda recordaba muy bien que en la familia de Miranda no había ningún médico.
Era más que evidente que Rubén había movido sus influencias para lograrlo.
El director intentó persuadirla.
—Brenda, sé que pedirte el crédito de tu artículo es exigirte mucho. Pero el señor Paredes nos acaba de donar equipos que valen millones, hay que ser agradecidos. Tómalo como una obra de caridad para el bien de nuestros pacientes, ¿te parece?
—¿Me está diciendo que, si me niego, el señor Paredes se llevará los equipos de vuelta al extranjero? —preguntó Brenda, directa.
Rubén intervino con voz suave.
—¿Qué tendría que hacer para que la doctora Silva ceda el crédito? Puede pedir lo que quiera.
—¿Así que está dispuesta a todo con tal de robarse ese crédito, no?
Miranda fingió sentirse mortificada.
—Olvídalo, Rubén. Nadie entregaría el crédito principal de su artículo. No pongamos a la doctora Silva en esta posición tan incómoda.
Rubén fingió pensarlo unos segundos y miró al director.
—Escuché que el hospital está buscando un terreno para construir una nueva clínica. Tengo una propiedad en la zona este de la ciudad que tiene el tamaño perfecto. Si la doctora Silva está dispuesta a ceder el lugar en el artículo, yo estoy dispuesto a donar ese terreno.
Al escuchar eso, los ojos del director brillaron con avaricia.
—¿Lo dice en serio, señor Paredes?
Rubén asintió.
—Completamente.
El Hospital Clínico Central estaba en pleno centro, una zona tan caótica que el tráfico era insoportable.
A veces, las ambulancias ni siquiera podían llegar a tiempo.
Lo que Rubén estaba ofreciendo no era un simple pedazo de tierra; era la salvación total del hospital.
El director miró a Brenda, fingiendo estar en un dilema moral.



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