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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 168

—¿Eh?

A Marisa le recorrió un escalofrío.

¿Cuándo habían acordado eso?

¿Ya estaban eligiendo el lugar?

Por fuera, parecía que le estaba dejando a Marisa la decisión.

Pero antes de que pudiera decir palabra alguna, la tela de su pijama de satén ya se había deslizado por sus hombros.

Sus labios quedaron sellados por un beso, y lo único que alcanzó a hacer fue señalar la cama con el dedo.

Rubén esbozó una sonrisa traviesa, sus ojos oscuros llenos de picardía.

—Te tardaste en elegir.

Se inclinó encima de ella, adueñándose del momento.

Marisa solo pudo seguir la corriente, perdiéndose en el vaivén de sus movimientos.

Entre el torbellino de sensaciones, Rubén se acercó a su oído y le mordisqueó el lóbulo suavemente, murmurando:

—No importa cómo seas, ni el color que lleves puesto, lo único que quiero es que seas tú.

Marisa pensó que seguramente era una de esas frases que Rubén soltaba por la emoción del momento.

No creía tener tanto encanto. Y aunque lo tuviera, en tan pocos días Rubén no habría podido notarlo.

Recordó las historias de su prima y comenzó a preguntarse si no debería ser un poco más atrevida.

Pero a esas alturas, ¿cómo podía sacar su lado salvaje si ya casi terminaban?

Le dio vueltas al asunto. Ya que Rubén decía esas cosas tan melosas cuando estaba emocionado, ¿sería bueno que ella también le siguiera el juego?

Así que, imitando el gesto de Rubén, le mordió suavemente la oreja y susurró en su oído:

—Te amo, Rubén.

Eso era lo más valiente que podía hacer.

El cuerpo de Rubén se tensó por completo.

Una oleada de emociones lo invadió y, con renovado entusiasmo, la pasión se extendió hasta bien entrada la madrugada.

Marisa no tardó en arrepentirse. Pero ya era demasiado tarde.

Con los ojos enrojecidos, Rubén parecía imposible de detener.

En la última ronda, Rubén acercó su oído a los labios de Marisa, y su voz sonó como una orden ansiosa:

Ella fruncía ligeramente el ceño, y debajo de sus ojos se notaban unas leves ojeras.

Sin duda, no había descansado suficiente.

Rubén liberó una mano y contestó la llamada de Marisa.

Era Gonzalo.

Rubén entrecerró los ojos, y en su mirada se notó el disgusto.

¿Tan desocupado estaba este abogado?

¿No podía dormir un poco más en vez de estar molestando tan temprano?

Rubén contestó la llamada por Marisa.

—¿Qué se te ofrece?

Gonzalo había esperado oír la voz dulce y suave de la vecinita al despertar.

Pero en cuanto escuchó la voz grave y poco amistosa de Rubén, no pudo evitar molestarse.

Aun así, al pensar que había arruinado el inicio perfecto de la mañana de Rubén, se sintió bastante satisfecho.

—Nada importante. ¿No era hoy que Marisa y el chico nuevo iban al Zoológico Arcoíris a pintar murales como parte del voluntariado? Solo quería recordarle.

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