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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 782

Si estuviera en Clarosol o en Zúrich y tuviera esa ilusión, Marisa Páez habría creído que de verdad se había topado con Mónica Noriega.

Pero estaban en Terranova, un lugar donde Mónica jamás pondría un pie. Esta alucinación ya era demasiado descabellada.

Hasta que Marisa empujó la silla de ruedas de Davis Mariscal y se detuvo frente a una exclusiva tienda de marca.

Al ver a un grupo de vendedoras rodeando a una mujer, ofreciéndole bebidas y corriendo de un lado a otro con ropa y bolsos hacia el probador, Marisa agudizó la mirada.

Qué casualidad. El lugar donde supuestamente jamás se cruzarían, terminó siendo el escenario de su encuentro.

En la mente de Marisa solo resonó un dicho: el mundo es un pañuelo.

Mónica, rodeada de atenciones como si fuera la reina del lugar, también vio a Marisa.

Sosteniendo el café helado que una vendedora acababa de entregarle, su mirada se posó suavemente sobre Marisa, como si pensara: *Qué coincidencia*.

Marisa frunció el ceño e intentó girar la silla de ruedas.

—Davis, vamos a otra tienda. De pronto pensé que, si vamos a gastar dinero, mejor compremos algo más llamativo.

Davis no se creyó ni una sola palabra.

Su mirada se fijó en Mónica, y de inmediato entendió la situación.

Levantó la mano y detuvo el brazo de Marisa, impidiendo que girara la silla.

—¿No conoces el dicho? De los cobardes no se ha escrito nada. No me digas que te vas a acobardar. Tú fuiste la esposa, ella es la amante. Si alguien tiene que esconderse, es ella. ¿Por qué tendrías que huir tú?

Marisa frunció aún más el ceño. Aunque sus palabras tenían sentido y la lógica era aplastante.

Tampoco es que se hubiera acobardado ni mucho menos; simplemente, no quería ver a Mónica ni en pintura.

Verla significaba recordar a Rubén Olmo.

Y pensar en Rubén traía consigo una avalancha de recuerdos amargos.

Era un mecanismo de defensa natural de su propio cuerpo; por eso su primer instinto había sido escapar de ahí.

A decir verdad, Mónica estaba asombrada.

Acompañando a Rubén, había conocido a un sinfín de mujeres hermosas.

La mayoría eran impecables, tanto que parecían llevar una máscara de perfección constante; vestidas con prendas de diseñador, con maquillajes donde era imposible encontrar el más mínimo error.

Pero esa belleza era prefabricada, esculpida a base de horas de esfuerzo y superficialidad.

Sin embargo, la mujer que tenía enfrente irradiaba una belleza que parecía no requerir ningún esfuerzo.

No llevaba maquillaje, acaso un poco de brillo labial; no obstante, sus mejillas sonrosadas, sus ojos brillantes y llenos de vida, incluso sus pestañas, eran encantadoras. Tenía una tez luminosa y suave que no necesitaba adornos.

Llevaba el cabello largo recogido en una coleta despreocupada, con algunos mechones sueltos cayendo de forma desordenada pero atractiva sobre su frente y alrededor de sus orejas.

Era tan natural, y a la vez tan deslumbrante.

Tan hermosa que Mónica sintió una punzada de envidia oscura. *Si esta era la mujer que Rubén amó en el pasado, ¿con qué podría competir ella?*

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