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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 778

El avión aterrizó en Terranova.

El aeropuerto estaba repleto de plantas, como si fuera un inmenso jardín interior.

Al ser una zona tropical, el aire acondicionado estaba encendido a toda potencia las veinticuatro horas.

Esto hizo que Marisa bajara la guardia.

Al recoger su equipaje y salir a la calle, el sol cayó a plomo sobre ella. Sintió una opresión en el pecho ante la ola de calor asfixiante. ¿Cómo podía hacer tanto calor?

Ni siquiera en pleno verano en Clarosol se sentía un clima tan pesado, y en Vientario siempre parecía primavera.

Al instante, el sudor perló su frente. El aire ardiente la golpeaba como las olas del mar.

Marisa miró su celular: treinta y nueve grados centígrados.

Luego se miró a sí misma: camisa blanca y pantalones oscuros largos. Definitivamente, había elegido un mal atuendo.

Se arrepintió al instante de haber rechazado el ofrecimiento del señor Mariscal de ir a recogerla.

¡Lo que no daría por estar ahora mismo en un auto con el aire acondicionado al máximo!

Justo en ese momento, un lujoso Bentley se detuvo frente a ella.

Marisa abrió los ojos de par en par. La ventanilla trasera bajó lentamente.

—¿Señor Mariscal? —dijo, sin poder creerlo.

Enrique le hizo señas rápidamente.

—¡Sube, rápido! Aquí no dejan estacionarse por mucho tiempo, si nos ven, la multa es altísima.

Sin decir más, Marisa subió apresurada y se sentó junto a Enrique.

El conductor miró por el espejo retrovisor.

—Señor Mariscal, ¿adónde nos dirigimos?

Enrique chasqueó los dedos.

—Lleva a nuestra invitada de honor a la residencia de la familia Mariscal.

Marisa se sintió un poco abrumada.

—Pero, señor Mariscal, ni siquiera traje un obsequio...

Cuando uno iba de visita a una casa, la costumbre dictaba llevar algo, aunque fuera un detalle.

Enrique le restó importancia con un gesto de la mano.

Enrique bajó del auto con una sonrisa y le abrió la puerta como todo un caballero.

—Señorita Páez, por favor. Si te gusta el lugar, puedes quedarte aquí los días que quieras.

Marisa siguió a Enrique. Pasaron junto a la piscina del primer piso y pronto llegaron a la sala principal.

Las enormes puertas estaban abiertas y el personal de servicio aguardaba en la entrada. Desde adentro se escuchaba el murmullo de varias conversaciones.

Enrique le susurró con tono cómplice:

—En cuanto supe la hora de tu vuelo, invité a algunos de los solteros más prometedores de Terranova. Nuestro querido Davis no tiene tanta suerte, ya ves cómo está su salud.

Marisa frunció el ceño con una sonrisa burlona.

—Señor Mariscal, ¿me invitó a quedarme en su casa o a un evento de citas rápidas? Y, por lo que veo, uno contra varios.

Enrique le guiñó un ojo.

—¡Y todos son grandes prospectos de Terranova! ¡Te garantizo que alguno te llamará la atención!

Viendo el entusiasmo de Enrique, Marisa no quiso ser aguafiestas. Sonrió y entró a la casa.

En la inmensa sala de estar, los meseros servían elegantes bocadillos y café. Varios hombres vestidos de traje conversaban en pequeños grupos; todos lucían impecables y desbordaban un aura de riqueza, como si fueran los protagonistas de alguna novela romántica.

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