Entrar Via

El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 779

El único que parecía desentonar en aquella postal de perfección era Davis, sentado junto al ventanal.

Mientras todos hablaban animadamente, él observaba la escena desde su silla de ruedas con cara de profunda resignación.

Enrique alzó la voz para llamar la atención de todos.

—¡Miren a quién traje!

Davis sintió que el corazón le daba un vuelco, casi intentó ponerse de pie. Jamás creyó que saldría vivo del hospital para regresar a Terranova, y mucho menos que vería a Marisa en el interior de su propia casa.

De pronto, esa mansión en Terranova que siempre había detestado le pareció el mejor lugar del mundo.

Marisa levantó la mano tímidamente, cruzó miradas con él y lo saludó en voz baja con una sonrisa.

—¡Hola, Davis!

Emocionado, Davis quiso impulsar las ruedas para acercarse a ella lo más rápido posible.

Pero un empleado se interpuso en su camino de inmediato.

—Joven Mariscal, hay muchos obstáculos en la sala, es mejor que se quede sentado. Si necesita algo, yo se lo alcanzo.

Enrique también corrió a detenerlo.

—¡Hijo, no seas imprudente! Si te llegas a caer, estaríamos en un grave problema.

Frustrado, Davis tuvo que conformarse con ver cómo Enrique llevaba a Marisa hacia la zona de los sofás, ubicándola justo en medio de todos aquellos hombres.

—¿Así que ella es la señorita Marisa de la que tanto nos habla el señor Mariscal?

—Parece que no exageraba en absoluto. Señorita, posee usted una belleza deslumbrante.

Al principio, Marisa se sintió algo incómoda, pero al notar que todos tenían más o menos su edad, dejó los formalismos de lado y conversó con naturalidad.

La charla se volvió tan fluida que por un momento olvidaron la presencia de Davis.

Él murmuró por lo bajo:

Enrique ni se inmutó.

—Ya lo sé, si estuvieras muerto no habrías regresado a Terranova. Y por favor, con tu estado de salud, no andes diciendo la palabra muerto a la ligera.

Sin más remedio, Davis alzó la voz para hacerse escuchar.

—¡Tío! ¡Sabes perfectamente que me gusta Marisa y aun así le traes pretendientes a mi propia casa!

Enrique le tapó la boca rápidamente.

—¡Cállate, imprudente! Si te escuchan, se van a asustar y ya no van a querer acercarse a ella. Además, ¿acaso no eres consciente de tu salud? ¡Ahorita no estás en condiciones de ser novio de nadie!

Davis, ofendido pero sin argumentos, guardó silencio. Su sensación de ser el marido inútil no hacía más que intensificarse.

Marisa no pudo evitar reír ante la escena.

—Señor Mariscal, en un rato tengo que salir a comprar ropa para el evento de mañana, así que no podré hacerle mucha compañía a Davis hoy. Si le parece bien, déjeme todas las citas a ciegas para cuando termine la exposición, ¿sí?

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló