Terranova. En uno de los pisos superiores del imponente Centro de Convenciones Terranova.
A través de los enormes ventanales panorámicos, la luz del sol se filtraba con intensidad.
Aquella ciudad parecía estar siempre bendecida por un sol inclemente y generoso.
El gran salón de exhibiciones estaba abarrotado, pero se mantenía una atmósfera de solemne elegancia.
Expertos y coleccionistas de todo el mundo se habían reunido allí. Aun así, el murmullo general era casi inaudible; si conversaban, lo hacían con absoluta discreción.
Al llegar a la mesa de registro, Marisa anotó su nombre y el de la galería a la que representaba.
Entre los invitados, había un sinfín de firmas internacionales y uno que otro nombre familiar.
Por eso, al ver esos dos nombres escritos el uno junto al otro, le fue imposible ignorarlos.
¿Rubén también había venido?
Levantó la mirada y recorrió visualmente el inmenso recinto, lleno de figuras vestidas con sus mejores galas. No tardó en identificar el punto focal de la sala.
Rubén estaba rodeado por un grupo de admiradores e inversores, destacando en el centro como la joya de la corona.
Llevaba puesta su característica sonrisa de negocios: educada y perfectamente calculada, pero distante. Aunque no podía detallar todos sus rasgos desde lejos, su porte majestuoso y elegante saltaba a la vista.
Y, por supuesto, no pasó desapercibida la presencia de Mónica Noriega a su lado.
Mientras el resto de los presentes mantenían una respetuosa distancia, ella estaba literalmente pegada a él.
Marisa desvió la mirada rápidamente. En ese momento, una voz resonó a sus espaldas.
—¿Señorita Páez?
Al girarse, se topó con un rostro que le resultaba vagamente familiar. Sabía que lo había visto antes, pero no lograba ubicar de dónde.
El hombre notó su confusión y le dedicó una sonrisa amistosa mientras se presentaba.
—Dicen que las mentes brillantes tienen mala memoria para las caras. Por lo visto es cierto. Nos conocimos esta misma mañana.
Marisa hizo un esfuerzo mental y al fin lo recordó. Era uno de los jóvenes empresarios que Enrique Mariscal le había presentado en su casa.
Sin embargo, Marisa no podía sacudirse la extraña sensación de que, desde algún rincón del salón, unos ojos la observaban fijamente.
De vez en cuando volteaba, pero solo veía a la multitud brindando y conversando. Nadie parecía prestarle atención.
Al notar que ella lucía inquieta, Noé le preguntó:
—¿Se siente bien, señorita Páez?
Marisa frunció ligeramente el ceño y negó con la cabeza.
—No es nada. Supongo que aún me estoy adaptando al clima de la ciudad.
Mientras tanto, Rubén, en el centro de todas las atenciones, mantenía el ceño fruncido y una mirada fija que perforaba el ambiente, clavada en cierto rincón del recinto.
De pronto, le hizo una sutil señal a José.
El asistente, captando el mensaje al vuelo, dio un paso al frente para dirigirse a los inversores.
—Damas y caballeros, como todos saben, el señor Olmo sufrió un accidente automovilístico recientemente. Aún no se ha recuperado del todo y no le conviene estar mucho tiempo de pie. Si nos disculpan, dejaremos esta charla para una mejor ocasión...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
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Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
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Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...