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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 801

Davis miraba las noticias en su teléfono y volteó a ver a Enrique con exasperación.

—Tío, parece que te preocupaba que Marisa no tuviera suficientes idiotas a su alrededor y quisiste mandarle uno más, ¿no? Ese Noé es el mujeriego más famoso de Terranova. Nadie tiene su historial. Su pasatiempo favorito es coleccionar influencers y modelitos.

Una vez que la comida estuvo servida, todos tomaron asiento. Marisa relevó a la empleada y se encargó de empujar la silla de ruedas de Davis hasta la mesa.

Ella soltó una carcajada burlona.

—No tengo pinta de influencer ni de modelo, pero vaya que él hizo hasta lo imposible por acercarse a mí.

Davis se río entre dientes.

—Ese infeliz lo único que quería era la billetera de mi tío. Los Ybarra se dedican a la inteligencia artificial, son los que más préstamos le piden al banco. Seguro pensó que si te conquistaba, se metía a mi tío en el bolsillo. Por eso, aunque no fueras su tipo, se lanzó de cabeza.

La explicación de Davis hizo que Marisa entendiera todo de inmediato.

—Ah, con razón. Ya me parecía extraño.

Enrique se sintió avergonzado y se disculpó.

—Marisa, te juro que lo hice con las mejores intenciones, pero metí la pata. ¿Segura que no te faltó al respeto? Si te hizo pasar un mal rato, voy a buscarlo ahora mismo para ajustar cuentas.

Marisa negó con la cabeza.

—No se preocupe, no me hizo nada. Le agradezco muchísimo su buena intención, pero no hace falta que se tome tantas molestias. Como decimos nosotros, cuando el amor tiene que llegar, llega solo; no sirve de nada forzar a Cupido.

Con la amarga experiencia de Noé, Enrique decidió que jamás volvería a jugar de casamentero.

Ya en la mesa.

Enrique seguía dándole vueltas al asunto.

—Lo que no entiendo es... ¿quién sacó a la luz este escándalo justo hoy? Todo apunta a que alguien poderoso puso a Noé en la mira para destruirlo a propósito.

Davis se encogió de hombros.

—En Terranova, todos los empresarios viven con el miedo de que los destruyan. La mayoría se porta bien, pero ese imbécil era un exhibicionista con sus aventuras. ¿A quién iban a atacar sino a él? Al fin y al cabo, si los Ybarra caen, los demás se repartirán su pedazo del pastel.

Bajaron del auto. El chofer empujaba la silla de ruedas de Davis mientras Marisa llevaba su maleta y los regalos.

En el vestíbulo del aeropuerto, Marisa volteó a mirar a Davis en su silla. Se inclinó y lo abrazó con fuerza.

—Nos sobra el tiempo. En cuanto estés mejor, ve a visitarme a Vientario. ¡Te prometo que te llevaré a probar nuestros famosos platillos exóticos con insectos!

Davis puso los ojos en blanco.

—¿No puedes invitarme a comer algo normal para que al menos tenga ganas de ir?

Marisa soltó una carcajada, mirándolo con un profundo cariño.

—¡Te lo juro, son lo mejor de lo mejor!

Antes de que pudieran despedirse en condiciones, una voz los apresuró por detrás.

—Señorita Páez, ya es hora de abordar.

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