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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 802

Diez minutos antes.

José apresuraba a Rubén con evidente preocupación.

—Señor Olmo, ¿qué le parece si aborda de una vez? No le hace bien estar de pie tanto tiempo.

Rubén mantenía la mirada fija en la entrada principal del aeropuerto, con el ceño profundamente fruncido.

José siguió la dirección de su mirada y la vio: era Marisa.

Y justo detrás de ella, venía Davis Mariscal en su silla de ruedas.

Rubén entornó los ojos al ver cómo Marisa se inclinaba para abrazar a Davis. Giró un poco el rostro.

—Ve a llamarla. Dile que el avión está a punto de despegar.

Marisa volteó a ver a José, quien había llegado corriendo a apresurarla.

—¿No falta todavía media hora?

Había llegado con treinta minutos de anticipación por miedo al tráfico.

José titubeó, buscando las palabras adecuadas durante varios segundos.

—Bueno, este... si estamos todos listos, el avión podría despegar un poco antes.

Marisa frunció el ceño. Esa excusa le sonó completamente absurda.

Sin embargo, decidió no discutir. Miró de reojo a Rubén, que estaba de pie a unos diez metros de distancia, y luego se volvió hacia Davis.

—Nos vemos en la próxima, entonces. Y muchas gracias por ayudarme a preparar los regalos para mi familia —dijo Marisa, agitando un poco las elegantes bolsas que llevaba en la mano.

Davis entrecerró los ojos, lanzando una mirada afilada al asistente de Rubén, y murmuró en voz baja:

—Si esa señorita Noriega te hace la vida imposible, dímelo de inmediato.

El comentario logró arrancarle una sonrisa a Marisa.

—¿Que te lo diga de inmediato? ¿Y luego qué? ¿Vas a usar telequinesis para defenderte por mí?

Davis puso los ojos en blanco, ofendido.

—No te dejes engañar por el hecho de que estoy en una silla de ruedas. Ya sabes lo que dicen: los verdaderamente poderosos nunca tienen que ensuciarse las manos.

Marisa sonrió con dulzura.

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