La voz de Rubén sonó inusualmente grave.
—Estoy bien.
Afuera del bar caía un fuerte aguacero; después de esa lluvia, Vientario experimentaría una subida drástica de temperatura, dándole la bienvenida oficial al verano.
Rubén sostenía el paraguas, pero a Marisa le daba la impresión de que no lo estaba sujetando bien, porque el paraguas se inclinaba constantemente hacia ella.
Cuando Marisa volvió a levantar la mirada, se dio cuenta de que el hombro izquierdo de Rubén estaba empapado.
Incluso bajo esa lluvia torrencial, Rubén se portó como un caballero y le abrió la puerta del auto; solo después de que ella subió, él cerró el paraguas. Por más rápido que lo hizo, terminó empapado hasta los huesos por el aguacero.
—¿A dónde vamos? —preguntó Rubén.
Marisa, a regañadientes, le dio la dirección de su casita.
Vientario no era muy grande; del bar a la casa no había ni quince minutos.
Cuando el taxi se detuvo frente a la casa, la lluvia era cada vez más fuerte, como si el cielo quisiera vaciarse por completo esa misma noche.
Al bajarse, Marisa vio cómo el taxi se alejaba en la noche lluviosa, salpicando agua por todas partes. Ni ella misma sabía por qué, pero entre la confusión y el alcohol, había terminado llevando a Rubén Olmo a su casa en Vientario.
Marisa sorbió por la nariz y miró a Rubén, que estaba empapado de pies a cabeza. Al principio pensaba echarlo, pero en una noche de lluvia como esa, y recordando cómo él había inclinado el paraguas para protegerla, las palabras de rechazo se le atoraron en la garganta.
Se quedó inmóvil un largo rato antes de caminar hacia la puerta, teclear la contraseña y abrir la reja del patio.
La puerta no era lo suficientemente ancha para que entraran los dos a la vez, así que Rubén sostuvo el paraguas para que ella pasara primero.
Marisa dio un paso y el paraguas se movió con ella.
Al voltear, vio que Rubén había quedado completamente expuesto a la lluvia.
Marisa frunció el ceño.
—Pasa rápido, vete a dar un baño de agua caliente o te vas a enfermar.
Rubén, con los ojos enrojecidos, siguió a Marisa hacia adentro.
Para ella, Rubén Olmo no era de los que viajaban solos.
Sin su asistente, ¿quién se encargaría de sus comidas, su rutina y todos esos detalles? ¿Acaso tenía que hacer todo él mismo?
Rubén movió los labios.
—Tenía unos asuntos importantes en Clarosol, así que dejé a José allá. Los demás asistentes no son de mi agrado.
Marisa respiró profundo.
—Quítate la ropa mojada y pásamela, te la voy a secar con la secadora de pelo.
Tampoco es que ella tuviera una secadora de ropa, así que la de pelo tendría que bastar. Por suerte, la ropa que él traía no parecía ser tan gruesa.
Después de todo, en Vientario hacían más de veinte grados, por lo que usar ropa muy pesada no tenía sentido.
La puerta se abrió apenas una rendija y un brazo fuerte y firme se asomó; su mano, de dedos largos y nudillos marcados, sostenía la ropa mojada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
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Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
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Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...